Qué quiere decir ser cristiano en San Francisco

Por Hazel Cant, Córdoba, Argentina

Fragmento de un ensayo presentado a concurso.

Las calles de San Francisco son llanas y tranquilas. Nada en ellas recuerda a la popular teleserie policial de los años setenta, y esto es así en primer lugar porque estamos hablando del mundo real, no de una serie de ficción, y sobre todo porque no estamos ahora en San Francisco, Estados Unidos, sino en San Francisco, Argentina. Es una ciudad de unos 80,000 habitantes, en la zona céntrica de Argentina, provincia de Córdoba, rodeada de campos de soja, girasol y maíz.

Es una ciudad próspera, donde la clase media es la mayoría, aunque como en toda ciudad existen barrios ricos y otros marginales. Se calcula que un 3% de la población se auto-identifica como cristianos protestantes, repartidos en unas 20 iglesias, entre ellas hermanos libres, bautistas, adventistas y pentecostales.

Si entendemos un cristiano como una persona que ha recibido a Cristo y que acepta su señorío en su vida, se puede decir que ser cristiano en San Francisco es bastante parecido a serlo en cualquier otro lugar de América Latina o del mundo. Si básicamente consideramos que la tarea de un cristiano es vivir en comunión con Dios y trabajar para su reino, comprobamos que esa base no cambia aunque vivamos en una ciudad de India, un monte de Francia o un desierto de Chile.

Los cambios radican en los detalles prácticos de los desafíos y oportunidades, es decir: ¿Cómo sería ser cristiano en el contexto propio, según el país, la ciudad, la edad, la clase social, y en relación con todo su entorno? Para intentar responder a este interrogante, me propongo considerar a San Francisco, Argentina, como ejemplo de un lugar, un contexto particular, aunque tenga aspectos comunes que en los que podamos encontrar puntos similares con respecto a otras experiencias de América Latina; pero que también nos permitirá verificar otros aspectos que son específicos a la experiencia propia de este rinconcito del continente.

Si un aspecto de ser cristiano en América Latina hoy tiene que consistir en trabajar para restaurar la imagen del Dios padre, también tenemos que profundizar nuestro entendimiento de lo que es familia y buscar cómo presentar el Dios padre a cada persona en su situación. Todavía no sabemos bien cómo tratar con las personas que se encuentran fuera de una estructura típica de una familia y el “no saber tratar” genera la exclusión y la discriminación.

En la iglesia, aparte de las reuniones generales, lo normal es que nos dividimos en grupos según edad y estatus civil; por ejemplo muchas iglesias suelen hacer actividades para niños, para jóvenes, para estudiantes, para matrimonios, y para ancianos. Si soy una persona soltera trabajadora de más que veinticinco años, según la iglesia, no existo. Y todavía ni siquiera se habla de cómo responder a la realidad de las personas con situaciones más complicadas, que han sido muchas veces rechazados por sus familias; las personas con autismo u otras discapacidades intelectuales, los viudos jóvenes, los que tienen HIV, los homosexuales, los drogadictos, las prostitutas, los travestis, las personas con enfermedades psiquiátricas, los ex-convictos que salen de la cárcel…

Que sea dentro o fuera de la iglesia, enfrentarnos con las necesidades de una sociedad fracturada, nos presenta el desafío de edificar una iglesia inclusiva, que tenga lugar para todas las personas con toda la complejidad de sus realidades, y también nos da la oportunidad de ofrecerles otros modelos de ser familia, y así presentar el verdadero “Padre Nuestro” que trasciende todo modelo humano.

En nuestro barrio tranquilo de San Francisco, recién estamos conociendo las personas que viven ahí. Son varias, cada una con historias y experiencias diferentes: Desde el matrimonio de abuelos encantadores, cuyos nietitos siempre juegan en nuestra casa, hasta el hombre que vive con su hijo discapacitado, hasta la chica de veintiún años que ya tiene tres hijos y un marido adicto de drogas, hasta el matrimonio joven que tenemos al lado, recién arrancando la vida de adultos, hasta la señora mayor que salió ofendida de una iglesia hace un par de años y sigue enojadísima con todo que tiene que ver con ella.

Para nosotros, el desafío y la oportunidad que nos ofrece son dos lados de la misma moneda, que es vivir el reino de Dios a la vista de cada uno de ellos a través de las relaciones personales, y en la manera en que se vayan desarrollando.

¿Entonces qué? ¿Qué quiere decir ser cristiano en San Francisco, Latinoamérica, el martes a las cuatro de la tarde o el sábado a las once y veinticinco de la mañana?

1 comentario »


avatar Santiago B Dijo:

Joven, usted escribe muy bien. Felicitaciones y espero que sea uno se los ganadores.

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