Por Juan Gabriel Sack, Buenos Aires, Argentina
Fragmento de un ensayo presentado a concurso.
“…la única práctica de los cristianos debería consistir precisamente en lo siguiente: grabar en su ser la palabra y a Cristo, y ejercitarse y fortalecerse sin cesar en esta fe. No existe otra obra para el hombre que aspire a ser cristiano”. Martín Lutero.
Pasó ya mucho tiempo desde aquellas voces, que comenzaron a socavar los cimientos de un cristianismo apático y de una iglesia opresora. Tengo entendido que una de ellas, enérgica y reformadora, llegó a decir que aquellos que creíamos en Jesús éramos “pequeños cristos”.
Manifestábamos, inmersos en nuestros errores, debilidades y dolores, a nuestro Señor. Mostrábamos su forma de pensar y obrar, sus valores, sus pasiones. Encarnábamos su vida, la hacíamos palpable, real, presente. Ser cristianos, estemos donde estemos y aún más en nuestra América, es ser pequeños “cristos”, por Su amor y para Su gloria. Y el ser pequeños “cristos” conlleva una gran cuota de seguimiento. Pero, ¿Quién es Cristo? ¿Cuál es su esencia? ¿Qué sentimientos lo movilizan? ¿Qué pensamientos le quitan el tiempo? Cuando lo vemos, ¿Qué vemos? ¿A quién seguimos?
Buscando a Jesús en los evangelios, no puedo dejar de ver dos características que matizan toda su vida. Por un lado el amor, amor extremo por aquel que lo necesita. Amor que vemos manifestado sin límites cuando la carencia, el error o la debilidad se tornan más grandes. Y por otro lado, aparece ante nuestros ojos la indignación hacia aquellos que teniendo todo lo necesario para apacentar a las ovejas, no lo hacen. Indignación que es más grande cuanto más grande es la injusticia, pero que nunca se manifiesta desbordada de sus límites, porque el amor la contiene. Cristo es amor extremo e indignación contenida. Jesús es caricia para la prostituta, es aceptación para el marginado, es la mano extendida que sana al enfermo y son las palabras que reviven al desahuciado. Además, Jesús es el seño fruncido ante las palabras condenatorias, es la voz potente que incomoda las acciones sin gracia y es el látigo en la mano que ataca las injusticias.
Jesús no se limitaba solo a las palabras o a movilizar a otros para que realizaran la tarea. No era un simple pensador, Él se involucraba plenamente. Por esto, Cristo es Cruz. Porque es en ella donde se sintetizan los ideales que movilizaron su vida, el amor extremo y la indignación contenida. Porque es en ella donde el darse en favor del otro, donde el involucrarse, llega a su máxima expresión. En Cristo encontramos quién es Dios.
Ellos esperaban la gloria y el poder que se ajustaran a sus pensamientos. El poder que destruyera a los pecadores y la gloria que no aceptara errores. Pero en vez de esto, encontraron la debilidad, inconcebible debilidad colgada en lo alto para que todos la vieran, porque no avergonzaba. Encontraron el rechazo y el sufrimiento en el Mesías. Debilidad, rechazo y sufrimiento que integra, que perdona, que acepta, que salva, que observa el corazón y la necesidad por sobre las apariencias.
Ellos se encontraban cómodos en sus estructuras. Este orden que les permitía cargar a otros, sin llegar a cargar al otro cuando este lo necesitara. Estructura que los limitaba a las palabras. Palabras carentes del sentido que les da una vida involucrada.
En Jesús había algo distinto que llamó la atención de todos, despertando desde el odio hasta el amor, y que molestó mucho. Jesús se involucraba plenamente con amor extremo e indignación contenida. ¿Cuál es el Cristo que enseñan la mayoría de las iglesias en América que produce un ser cristiano tan desvirtuado y tan desfigurado? ¿Por qué el ser cristiano se ha convertido en un amor contenido y una indignación extrema y mal enfocada? ¿Por qué el ser cristiano, y en consecuencia la Iglesia, busca la gloria y el poder, antes que dar la vida en debilidad? ¿Por qué nos molesta Jesús?
La Iglesia se ha desvirtuado, se ha formado otra imagen de Dios y Jesús le molesta. Conocemos a un Jesús moldeado a nuestras cómodas estructuras. Nos incomoda el sufrimiento y el rechazo que conlleva el seguimiento. No comprendemos la gracia, el amor extremo y la indignación contenida, porque ya no se escucha esto en nuestros púlpitos, ni se enseña en nuestras congregaciones. Ahora escuchamos de la gloria, el poder y un sinfín de leyes a seguir. Ahora escuchamos sobre lo que debemos hacer por la “Iglesia-Dios” y no sobre lo que podemos hacer en amor a nuestro prójimo, gracias a nuestro Dios y para Su gloria. Nos cargan, pero no cargan con nosotros, y nos enseñan a repetir esta secuencia, maldita secuencia.
América Latina no se encuentra en nuestros púlpitos. No se encuentra mí hermano desamparado, el linyera marginado y desprotegido. No se encuentra la opresión, la violencia y la injusticia de nuestros gobernantes. No se encuentran los hospitales atestados de enfermos. No escuchamos de los estómagos vacios, sino del cielo, el infierno, una guerra espiritual y un Dios poderoso y lejano. No digo con esto que no se traten ciertos temas, pero nuestros énfasis hablan. Ya no escuchamos de Jesús, cercano, presente, en quien debemos buscar conocer a Dios. Ya no escuchamos de Jesús porque molesta, como molesta América.
El desafío más grande de ser cristiano en América Latina es ser verdaderamente cristiano. Ser cristiano inserto en nuestro contexto Latinoamericano. “Pequeños cristos”. Es volver a la Palabra y conocer a Dios en la carne de Jesús. Grabarlo en nosotros y ejercitarnos constantemente en esto. Conocerlo, es la única salida que nos queda para ser cristianos. Nuestra última oportunidad es que nos confronte su profunda gracia. Lo inminente es seguirlo, dando pasos concretos en América Latina.
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Iglesia en América Latina, ¿nos encontramos dispuestos a sufrir? ¿A ser rechazados? ¿A no recibir gloria y honor del mundo? ¿Nos encontramos dispuestos a seguir a nuestro Señor?
La muerte de cruz significa sufrir y morir rechazado, y desde el principio la iglesia se ha escandalizado y avergonzado de su Salvador y su Señor sufriente. No quiere a tal Señor. Como iglesia no quiere que su Señor le imponga la ley del sufrimiento, las implicancias del seguimiento. Pedro, que momentos antes había confesado que Jesús era el Cristo, el Salvador, protesta contra lo que su Señor iba a hacer. Porque si él estaba llamado a seguirlo viviría, como Jesús, el rechazo y el sufrimiento. Con su represalia Pedro muestra su poco deseo de seguir a Jesús, muestra su poco deseo de sumergirse en el dolor. Pedro, no quería dejar a Cristo ser el Cristo. Pedro estaba atentando, sin saberlo, contra su propia salvación. Pedro era humano y todavía no entendía el seguimiento; ya que el mismo, como nuestra salvación, es obra de Dios en nosotros. Viene, cuando Cristo viene a vivir en nosotros. Es indisoluble de la gracia.
Cuando la iglesia se llena la boca predicando a un Señor exitoso. Cuando comienza a predicar un evangelio donde el sufrimiento no existe, porque toda situación adversa desaparece. Cuando en sus palabras comienzan a entremezclarse parámetros humanos. En fin, cuando la iglesia deja de predicar sobre la cruz y lo que implica el seguimiento, toma la misma actitud de Pedro. Atenta contra el fundamento de su salvación. Esta actitud se encuentra de acuerdo con los milagros de Jesús y sus palabras renovadoras. Se encuentra de acuerdo con su cuidado y su perdón, pero no con la cruz. No se encuentra de acuerdo con lo que implica el seguimiento. La cruz se calla. Cuando la iglesia se aparta de la cruz, pierde su poder. Cristo habló sinceramente de las implicancias de la cruz. No negó que quien lo siguiera viviría el rechazo y el sufrimiento. ¿La Iglesia es clara en esto? ¿O en búsqueda de la gloria y el reconocimiento elige predicar un evangelio diluido? ¿Un evangelio sin compromiso? ¿Una gracia sin seguimiento?
El cristiano, y en consecuencia la iglesia, que no se encuentra dispuesto a seguir a su Señor, sufriendo y siendo rechazado, pierde su poder, pierde su voz, pierde su razón de ser. Pierde su poder al enmudecer su grito contra las injusticias que lo rodean, porque prefiere la gloria y el reconocimiento de la sociedad. Pierde su razón de ser, porque llevar el evangelio conlleva el dejar mucho, desde lo material hasta la vida misma, sufrimiento que lo paraliza de miedo y que no está dispuesto a aceptar. Pierde, porque no se involucra con aquellos que no pueden devolverle nada. Pierde la gracia, porque pierde el seguimiento.
Igual que Cristo no es el Cristo más que sufriendo y siendo rechazado, del mismo modo el discípulo no es discípulo más que sufriendo, siendo rechazado y crucificado con su Señor. Ser cristiano en América Latina es seguir a Cristo. El seguir a Cristo nos pone bajo la cruz. Esta es la verdad. Dar la vida, de la misma forma que Dios la dio. Amar, porque Dios nos amó primero. ¿Hasta donde alcanza nuestra disposición al seguimiento? ¿Cuánto estamos dispuestos a dejar? ¿Cuánto estamos dispuestos a dar? La gracia, moviliza.
Ante esto, Jesús nos confronta. Continuando con la lectura de nuestro texto, vemos que Jesús confronta a los discípulos y los pone al mismo nivel que el resto de las personas que lo seguían, y en este nivel les da libertad. Tan radical es lo que ahora va a decir Jesús, que vuelve todo al principio. En medio del seguimiento fluctuante que viven los discípulos, todo vuelve a quedar en blanco, todo retorna al punto cero, nada se impone, nada se espera. Son tomados nuevamente como aquellos que nunca habían escuchado de Jesús. “Si alguno quiere seguirme…”, “Si alguno quiere ser mi discípulo…”. Palabras movilizadoras, palabras de gracia. Palabras de gracia porque dan una nueva oportunidad. ¿El cristianismo que estamos viviendo es apático? Jesús deja el pasado atrás y vuelve todo al punto cero. Palabras movilizadoras, porque obligan a decidir. En este punto cero, seguimos o dejamos. Nuestro Señor nos vuelve a dar la libertad para decidir, porque lo que se va a anunciar es radical.
Si alguno quiere seguirme, si alguno quiere aceptar la propuesta que hoy les traigo, dice el Señor, despreciando todas las otras propuestas que se le hagan en su vida, niéguese a sí mismo. Negarnos no significa llenarnos de grandes actos de mortificación o ejercicios ascéticos, que lleven a salirnos de la realidad en la que vivimos. Negarse a si mismo es conocer solo a Cristo, no a uno mismo. Significa fijarnos solo en aquel que va delante nuestro, no en el camino que nos resulta tan difícil. Significa poner nuestra mirada en nuestro Señor, no en nuestros sufrimientos y el rechazo. Él va adelante, Él guía. Es dejar a Cristo ser el Cristo y no quebrantar la estable comunión con nuestra humanidad insegura. El que sigue a Cristo, lo sigue en su contexto. El que sigue a Cristo se encuentra dispuesto a darlo todo. El que sigue a Cristo se involucra, da la vida. No es solo un pensador, es un actor en el drama y en la comedia de la vida.
Solo en esta situación de negación de nosotros mismos, podemos hacer caso a las palabras que siguen: “tome su cruz…”. Si nos hemos olvidado realmente de nosotros mismos, podemos estar dispuestos a llevar la cruz por amor a Él. La cruz es el sufrimiento que resulta para nosotros únicamente del hecho de estar vinculados a Jesús. La cruz es un sufrimiento vinculado al hecho de ser cristianos. No a lo que nos ocurre porque somos seres humanos, sino a lo que nos ocurre porque somos seres humanos que siguen a Cristo. Si no tenemos esto en claro, podemos caer en el error de pensar que muchas penas en nuestra vida son cruces, cuando tal vez tienen que ver más con nosotros que con Jesús. Con nuestra humanidad que con el seguimiento a Cristo. La cruz es sufrir y ser rechazado por amor a Jesús, y no a causa de cualquier otra conducta o confesión de fe.
Esto es lo hermoso de la cruz: Jesús la llevó porque nos ama, ahora nosotros la llevamos porque lo amamos y porque Él nos amó primero. La vinculación a Cristo tal como se da en el seguimiento se encuentra bajo la cruz, con sus dos brazos, el sufrimiento y el rechazo.
La cruz está preparada desde el principio, solo falta llevarla. Que nadie piense que debe buscarse una cruz, que debe buscar voluntariamente un sufrimiento. Esto no depende de nosotros, es consecuencia de nuestro seguimiento. Cada uno tiene preparada su cruz que Dios le destina y prepara a su medida. La medida es diferente para cada uno. Dios honra a uno con un gran sufrimiento, como el martirio y a otro no le permite ser tentado por encima de sus fuerzas. Sin embargo, es la misma cruz. Es hora de dejar nuestras cómodas estructuras, dejar ese lugar que no nos pide nada, y ser discípulos.
El seguimiento conlleva la cruz, y la cruz el sufrimiento y el rechazo. La cruz se encuentra al comienzo de la comunión con Jesús. No es la meta, es el principio. Cuando comenzamos a dar los primeros pasos detrás de nuestro Señor aparece la cruz de estar en el mundo, pero no pertenecer a él. Es la lucha individual de morir al hombre con todos sus apetitos y deseos. Es combatir a diario contra el pecado y el demonio. Pero también es la lucha en comunidad y para la sociedad. Estar en el mundo sin pertenecer a él, nos lleva a ver nítidamente las injusticias desmedidas que provoca nuestra humanidad sin Cristo. Nuestro cristianismo apático, sin seguimiento. Al ver esta realidad, nos unimos a otros y luchamos, con la palabra que cobra sentido cuando la vida se involucra en beneficio del otro. Cuando la palabra es real. Las heridas que nos son infligidas en esta lucha, las cicatrices que el cristiano conserva de ella, son signos vivos de la comunidad con Cristo en la cruz. Seguir es ser concreto. Seguir no son simples palabras espiritualizadas que se escuchan los domingos, es hacer algo por aquellos que nos necesitan.
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El desafío más grande de ser cristiano en América Latina es detenernos a pensar y a reflexionar en la Palabra. Nuestro desafío es volver a ser comunidad y no continuar siendo desconocidos en un gran salón que nos encandila. Nuestra obra debe ser dialogar en comunidad sobre lo que nos pasa, sobre el sentido por el cual estamos en la tierra, sobre lo que podemos hacer al encarnar las verdades del evangelio. Este encuentro con mí hermano trae libertad, porque nos enfrenta con la verdad de Jesús. Callemos, no nos creamos los únicos. Callemos, para escuchar al otro, ya que es el diálogo lo que me compromete con mi hermano. El diálogo me permite conocerlo, ser comunidad. El diálogo entorno a la Palabra nos permite descubrir nuestro potencial. Nos compromete en una causa mayor y nos quita el miedo.
El diálogo con mi hermano da frutos, porque me aparta de la vida automatizada, de lo que es lógico, de lo esperable. Como aquella tarde en que dos damas cruzaron sus miradas y se dieron cuenta de que podían hacer algo por el niño con los labios partidos, que corría descalzo por el prolijo parque de la congregación.
Si por un tiempo, dejamos de hacer todo lo que estamos haciendo y nos ocupamos sólo de grabar a Cristo en nosotros, sucederá algo. Las estructuras comenzarán a temblar. Si sólo por un tiempo nos encontrarnos con Él en la reflexión de la Palabra que brota de la comunidad, se transformará nuestra realidad, comenzaremos a ser “pequeños cristos”.
Encontrémonos con Jesús y con el otro que roza mí brazo cuando camino por la calle. Este es el desafío más grande en esta bulliciosa realidad, pero es nuestra única salida para ser cristianos. No nos amoldemos a nuestro mundo. Reconozcamos que en Jesús hay esperanza en el sufrimiento y sigamos. Dialoguemos, seamos libres para crear. Conozcamos a Jesús, demos frutos. Demos la vida por el otro, el prójimo, el vecino o el chico abandonado en el frío de la calle. América necesita “pequeños Cristos”, necesita gracia y seguimiento. Esta es la hora, el punto cero.









