Mi pastor, mi Señor

Por Titina Castro, Buenos Aires, Argentina

Fragmento de un ensayo presentado a concurso.

Viví 50 años de mi vida como creyente. Porque la palabra creyente significa sólo “que cree”. Y entonces, somos todos creyentes; por tanto el ser humano desde que aparece en el planeta Tierra, es un creyente. De todo. Es más, está muy mal visto no serlo. Y se supone que el que no lo es, es sospechoso de ser ateo o algo parecido.

Si hacemos una mirada alrededor, vemos que casi todas las personas están fuertemente adheridas a algo. La religión es uno de los asideros, y cuando eso no basta, echan manos a la superstición, que en América Latina sigue siendo la religión de los inseguros. Los que quieren asegurarse que los protege algo: santos, santas, muertos y muertas, cintas, objetos, estampitas, y una larga lista de objetos mágicos. Si falla uno, tengo al otro.

Por las dudas hay que creer en algo. Y ese algo siempre tiene la misma característica: tengo que ofrecerle alguna cosa, lo cual me deja tranquila, porque ahora estamos ligados. Yo compro. El vende. Somos uno para el otro.

Un día, un día cualquiera de la vida, una va a conocer a Jesús. Un poco desconfiada, otro poco para no dar tantas razones de por qué no, una acepta ir a una iglesia evangélica. Ese lugar donde “falta algo en las paredes”. Toda una vida viendo la larga galería de santos, se extraña un poco. La música demasiado estridente para mi gusto. En verdad eso de iglesia no tiene nada. Miramos la puerta con cariño.

Si está todo bien organizado, por más chiquita que sea, la iglesia tendrá alguien que viene y te saluda como si te conociera de toda la vida.

Y bueno, me quedo un ratito, como para cumplir y me voy sin que me vean.
Muchas veces comienza así la vida de un cristiano evangélico…

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Según algunos estudios, cuando Colón descubre América, clava una cruz en la entrada del puerto, en señal de pertenencia al poder político de entonces (su sponsor: Isabel La Católica) y al cristianismo, entendido como sinónimo de católico, lo cual es un gran error.

La cruz representaba una religión, lógicamente: católica. Allí comenzaría, en el 1492, el autoritarismo religioso y político, y sería el fin de los primitivos habitantes de América, quienes debieron arrodillarse, en el caso de querer continuar con vida.

Una mezcla de viejas creencias, arraigadas en los indios y esclavos traídos de Africa, y ahora el catolicismo imponiendo la idolatría, dio como resultado una fusión extraña, que se sostiene hasta que comienzan los primeros albores de la independencia a la corona española. Esta independencia no fue del agrado de la iglesia católica, como era de esperar, pero a pesar de que todos los Papas hasta allí se opusieron fervorosamente a la libertad, en 1831 Gregorio XVI reconoce las nuevas repúblicas americanas.

Con la libertad, comienza a perder liderazgo la iglesia romana, y aparecer los primeros cristianos propiamente dichos. Son esos “herejes” que no aceptan la infalibilidad del Papa, ni consideran a la madre de Jesús como intercesora, cuyos líderes se casan y forman una familia, y tienen la Biblia por única guía, en lugar de la doctrina católica apostólica romana.

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Cuando uno se encuentra con Jesús comienza una etapa de asombro. De viejas creencias que ya no se sostienen, de viejas costumbres que ya no se usan, y es como que una aterriza en un planeta de gente buena. ¿Dónde estaban todos antes de conocerlos? ¿Será posible que yo haya pasado casi una vida sin detenerme en ellos?

Con esa etapa de asombro comienza un tiempo peligroso de ir en busca de Dios y terminar idolatrando al pastor.

Nada de lo que ocurre, ocurre porque si, y una tendrá que aprender todo nuevamente. Recién estrenada, la fe nos va empujando hacia la meta.

En éste período de asombro, de preguntarse cómo yo no sabía esto, cómo creí tantas mentiras, pasan cosas hermosas, de un esplendor único. Por ejemplo saber que nunca más seremos abandonados.

Dentro de nosotros hay un niño con un temor permanente a la soledad, a esa soledad infinita que es la del alma. Y eso nunca más volverá a pasar.

La iglesia evangélica generalmente es una iglesia de tiempo completo. Al menos así fue en mi caso. Y porque yo no tenía horarios para la angustia y el miedo, la iglesia tampoco los tenía. A la hora de la desolación, simplemente iba hacia ella.

No hacía falta que estuviera el pastor, y en realidad ni se me hubiera ocurrido pedir una charla con él. Cualquier persona que se cruzara en mi camino era la persona ideal para preguntarle qué hacer.

Como en todas las áreas de la vida humana, nada es perfecto. Pero a pesar de todos los pesares, de quienes aprovechan a subirse al carro del negocio, inventándose una imagen de santidad, y procurándose el carnet de pastor, o de apóstol o de profeta, a pesar de ellos, ser cristiano hoy es algo especial que produce algo así como orgullo.

No es que sean muchos, no es que sean todos, pero los malos ejemplos son brillantes y están en la vidriera.

Con el tiempo comenzamos a verlos sin la máscara. Con el tiempo decidimos que nada nos puede apartar los ojos de la meta. Y si la meta es Cristo resolvemos que no miraremos a derecha ni a izquierda: solamente a El.

El problema son los recién nacidos. Esos recién asombrados, que hay que cuidar mucho para que no se vuelvan atrás. Porque llevó mucho tiempo esperar un sí quiero, y llevarlos a la iglesia. Y todo puede fracasar estrepitosamente con que le toque un pastor que no tiene otro llamado que el de hacerse millonario.

El recién nacido no estará fuerte para enfrentar la desilusión. El Espíritu Santo acudirá en nuestro auxilio para darnos palabras de aliento. ¿Quién dijo que era fácil?

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Ahora, que han pasado ya 16 años desde que soy cristiana evangélica, me he dado cuenta que tampoco el cristianismo es una serie de buenos y malos, y que el Señor cuando vino a vendar a los quebrantados me incluyó a mí. A mí que no dejan de dolerme las desilusiones. Y que me permito ese dolor, porque el dolor es lo que nos une, lo que nos hermana. Lo que nos humaniza, a pesar de todo.

Podría preguntarle a Dios por qué permite que haya tantos líderes que arruinan con sus actos lo que dicen con palabras. Pero Dios no me contestaría, porque esto es algo que también tendré que averiguar yo. Y tal vez, no me alcance toda mi vida averiguarlo. Y venzo la tentación de preguntarle al Señor por qué la iglesia cristiana está en radios cristianas, en canales cristianos, y se ha dejado ganar por grupos pseudoevangélicos que por el tremendo poder económico que manejan la han desplazado.

Creo que es tiempo de acordar, de sumar en una sola voz y en una sola meta. De reunirse pastores grandes y pastores chicos, iglesias de todos los tamaños, todos en una sola dirección. Por Jesús, el protagonista. ¿Tan imposible resulta?

No acabo de entender por qué los cristianos tenemos que hablar de Dios desde una radio cristiana que justamente la escuchan los cristianos. Por qué usamos los medios de comunicación cristianos para evangelizar. ¿A quién? ¿A los cristianos?

Hay un cantante cristiano llamado Ricardo Montaner que dijo algo importante. El no canta música cristiana. Y le preguntan por qué. Muy simple, dijo. Quiero ser luz en las tinieblas, yo canto a los inconversos. ¿Para qué voy a ir a llevar luz a una reunión de cristianos? ¿Ser luz en la luz?

Un día, de pronto, se me ocurrió escribir algo. En un intento para que los recién asombrados en Jesús, los que aún viven el primer amor, sepan con qué se pueden encontrar, y no los sorprenda la desilusión, me puse a escribir algo que quiero compartirles. 
No es un espejo, sino parte de la realidad hoy. No es irrefutable, es solamente pensar en voz alta. Tal vez usted viva en un sitio que está a salvo de lo que paso a relatar, o tal vez tenga la bendición de ser oveja de un verdadero hombre de Dios. No hay mejor título. Qué mejor cosa que ser un hombre de Dios? Le confieso que a mí me encantaría que alguien dijera que soy una mujer de Dios…

……….

Muchas veces he creído que la idolatría pertenecía a otras religiones; aquellas que centran su doctrinas en imágenes, estatuas, a las que se rinde tributo. Ídolos mudos, los llama el Señor, que tienen ojos y no ven, oídos y no escuchan, boca y no hablan. Y desde el Génesis en adelante, especialmente el Antiguo Testamento, donde abramos, nos encontramos con Dios exhortando al hombre a abandonarlos y obedecer a sus estatutos.

Siempre, desde toda la vida, el hombre fue adorador.

Cuando nos toca predicar a alguien que pertenece a una religión idólatra, lo invitamos a abandonar esos ídolos (que para él se llaman santos o dioses) y a orar a un solo Dios, siguiendo los evangelios.

Lo dejamos en la puerta de una iglesia evangélica pentecostal, tal vez la misma donde congregamos, o tal vez alguna que nos parece indicada por la proximidad a su domicilio, de modo que pueda ir algunas veces en la semana para realizar estudios, reuniones especiales, etc. Obviamente lo que más nos importa es que esté en manos de la sana doctrina.

No es tan extraño, después de un tiempo, observar en muchos casos, que está teniendo cierto lenguaje, ciertas creencias, y ciertas actitudes que nos hacen fruncir el ceño.

Tampoco es extraño, en muchos casos, darnos cuenta de que aquella sana doctrina que nos parecía recomendable en aquel lugar, está inclinándose leve pero persistentemente hacia la figura del pastor. Porque nuestro ahora hermano en Cristo, se soltó de los ídolos y se tomó de quien está siendo el real protagonista de esa iglesia.

¿Está dudando de lo que digo? Sígame en el razonamiento:

Observe cuántas personas van a la iglesia regularmente cuando está el pastor, y cuántos bancos vacíos hay cuando está de viaje. Fíjese la cantidad de personas esperando que le ore el pastor, y al lado de él, alguien que también puede imponer manos y orar… y espera en vano que se le acerquen.

Ese flamante hermano en Cristo recibió un evangelio equivocado, que lo lleva a creer que la unción le pertenece al pastor, y que incluso la ausencia de él puede deberse, como lo creí yo en un tiempo, a que viajó en busca de la unción que otro ídolo, mayor que él, tenía fuera del país.

¡No me toquen que estoy ungido! – clamaba un pastor cuando alguien intentaba detenerlo a la salida de la reunión. Y una era tan, pero tan chiquita, que se mordía los labios y se decía a sí misma ¿cómo se te ocurrió tocar al ungido de Dios? ¿Te volviste loca o no te das cuenta que no se puede?

De esa manera, despaciosamente, persistentemente, una va sintiendo que es una motita de algodón, apenas un ser humano, frente a un hombre que asegura, cada vez que algún viaje le da tiempo para estar en su iglesia, que no duerme por orar. Y una se despierta en la madrugada y se dice “pensar que a ésta hora, mientras yo estoy en el quinto sueño mi pastor está despierto orando…”

Despaciosamente, la casetera registra las cualidades extraordinarias del ungido, del elegido del Señor. Y aquello de que Dios no hace acepción de persona…bueno, debe ser para otra cosa.

Un día, nuestro flamante hermano en Cristo, nos cuenta que quiere festejar su cumpleaños y que tiene que pedir una entrevista en su iglesia para comunicarlo.

-¿ Los vas a invitar?- le preguntamos inocentemente.

-No, les voy a pedir permiso. Nos dijeron que siempre tenemos que…

Fruncimos la boca. Es inútil. Es demasiado nuevo en las cosas de Dios como para decirle que eso no es así. Que la Biblia no habla nada de eso. Que están apoderándose lentamente de sus sentimientos, de sus razonamientos, de sus decisiones…

Es demasiado duro hablarle de eso. ¿Pero qué hacer? ¿Dejarlo que crea que entregarse al Señor es entregar su libertad?

Al poco tiempo, alguien lo invita a una iglesia evangélica porque llegó un misionero y contestará “Bueno, pero tengo que avisarle al pastor. No le gusta que vayamos a escuchar a alguien que tal vez tenga otra doctrina…”

Despaciosamente, casi sin advertirlo, será uno más dentro de la congregación, dispuesto a considerarse a sí mismo un perfecto demonio si se le ocurre deducir que el pastor vive como un rey y el resto de la congregación como sus súbditos.

Se reprenderá a sí mismo y resistirá todo pensamiento que le haga ver que entre la ofrenda y los diezmos hay más que suficiente para alimentar a un ejército hambriento, y sin embargo se levanta una ofrenda especial para dar a los pobres.

Finalmente, será un cristiano completamente manso y creerá que el pastor no se equivoca ni pide perdón nunca, que no puede tener hijos adictos, que en su matrimonio jamás hay una palabra más fuerte que otra, que están todos en la mesa como los primeros cristianos en Pentecostés, unánimes. Que el pecado, que al resto de la humanidad lo sigue tentando y asediando continuamente, a su pastor no lo toca.

Y habrá soltado definitivamente a aquellos ídolos rosados, de boquitas pintadas, y de una inocencia conmovedora al fin, para tomarse de un pastor que controla cada minuto de su vida. Y cada decisión. Y lo peor: ya no abrirá la Biblia para averiguar si lo que le está sucediendo es bíblico. Dejará de tomar el inocente vasito de vino con el que acompañaba su comida, dejará de bailar en la reunión familiar. Y no averiguará en qué lugar de la Biblia lo prohibieron. Se lo dijeron en la iglesia y basta. Pero… hermano: ¿qué tiene de malo bailar si David bailaba en la presencia del Señor? Se lo dijeron en la iglesia y basta. Las mujeres dejarán de pintarse, o teñirse el cabello porque en la iglesia le dijeron que no era de Dios. Lo decretó el pastor. ¿Pero es que acaso alguna vez Jesús exhortó a alguna mujer por eso?

Gracias a Dios, Dios no está de acuerdo con todo esto. Gracias a Dios, Jesús tomaba vino, y Pablo dijo que no exagerando, no está mal. Gracias a Dios, Jesús nos dio el ejemplo de reunirse con los pecadores porque eran ellos los que necesitaban de Él. Y no le importó los que lo criticaban.

Nos hizo libres. Y no para que alguien se apropie de nosotros, sino para que sepamos discernir de una vez por todas. Y aún en las equivocaciones, aún en medio de ellas, aprendamos.

Aprendamos que nadie es superior a nadie, por el contrario.

Aprendamos que si bien Dios ha levantado diferentes ministerios dentro de una iglesia, siguen siendo un cuerpo, donde todas y cada una de las partes funcionan con igual importancia.

Aprendamos que un pastor puede equivocarse, porque es un ser humano igual que todos nosotros, solamente que Dios lo usa para estar al frente de una congregación, y cuidarla. Y es su deber hacerlo. Y es su deber enseñarle a esa congregación que el protagonista es Jesús, no él. Porque no hay crecimiento en un lugar donde las personas no pueden pensar por sí mismas.
Aprendamos a no tener miedo. Porque el miedo es una herramienta peligrosa siempre. El miedo paraliza, nos vuelve inútiles, insensatos. Nos hace pequeños frente a los que suponemos gigantes. Y nos humilla ante quienes necesitan engrandecerse para lograr sus objetivos.

No nos atrevemos a pensarlo así, porque nos han mutilado el sentido común. Nos han quitado aquello que Dios nos dio cuando decidió crear al hombre y a la mujer: el raciocinio.

Y somos nosotros mismos quienes por miedo, ayudamos, inocentemente, a crear ídolos.
Idolos de carne y hueso, más distanciados del Señor, que aquellos de piel sonrosada y boquitas pintadas que un día dejamos atrás.
……

Gracias a Dios no está todo perdido. Gracias a la gracia, a la vez que leemos noticias vergonzosas, hay otras que nos conmueven hasta las lágrimas.

Hay mucha gente moviéndose en silencio, sin que sus nombres aparezcan en ningún lado. Y sólo por amor trabajan entregando buena parte de sus vidas y respondiendo al llamado sin dudar un instante. Dejando la comodidad, el confort, e internándose en territorios muy difíciles de atravesar.

El crecimiento de un cristiano no es una cuestión de conocimiento de la Palabra. Ni siquiera el tiempo de oración, ni su trabajo dentro de la iglesia. Mucho menos se trata de los años que lleve como creyente.

La estatura de un verdadero cristiano, a mi entender, es vivir la Palabra. Hacerla parte de su vida, y respirar por ella día y noche. Para eso debe saber qué dejó escrito Dios, claro, pero nada termina allí. Sino que recién empieza.

Y es la parte más difícil. Dios se encargará de nuestro crecimiento en la medida que dejemos que El, como alfarero, nos vaya modelando.

Algunos de nosotros somos de un material maleable, dúctil, y otros no. El ego es la parte más dura con la que trata el Señor.

La psicología se encarga de fortalecerlo, y Dios, en cambio, utiliza otras herramientas. Sabe que el ego es rebelde, infantil y demandante. Y para que el Señor pueda trabajar en nuestras vidas, en todas las áreas, necesariamente hay que desalojar al ego.

Allí es donde comienza a verse la mano de Dios en la vida de uno. El cambio más importante es darse cuenta que no somos el centro del universo, que nuestros problemas no son gigantes, y que, en cambio, nuestro prójimo está allí. Esperando de nosotros.

La iglesia de Dios Casa de Refugio, de Miami, dice la nota, que entregó útiles a cientos de niños en República Dominicana.

Muchos de nosotros tenemos en la memoria el primer día de clase en que la maestra nos hacía copiar una larga lista de todo lo que habríamos de llevar al día siguiente. Y nuestra familia toda abocada a la tarea de salir de compras, para que nada faltara. Siento en mis recuerdos el olor de los útiles escolares: el perfume de la madera cuando afilaba los lápices, y doblar con cuidado cada cosa y guardarla prolijamente en el portafolios. Toda una ceremonia del inicio de clases.

Los niños que recibieron ésta vez los útiles nacieron en un sitio donde las cosas son difíciles. Y ellos demasiado pequeños como para entenderlo.

Pero Dios lo sabe. Y movió el corazón de aquellos que crecieron lo suficiente como para ir en ayuda de su prójimo. Personas tratadas por Dios.

Para quitar un corazón de piedra y poner un corazón de carne, el Señor es especialista. Si lo dejamos.

Pero la historia de los niños de República Dominicana recién comienza. Por ahora se inicia con el alborozo de descubrir un cargamento, un tesoro para ellos: todo lo que hace falta para ir al colegio. Más tarde, cuando sean hombres y mujeres, guardarán en su corazón lo que han recibido: ese acto de amor que un grupo de cristianos han sido capaces de marcar a fuego en sus vidas.

Un grupo de cristianos que se ponen de acuerdo, y que se han dejado tratar por el Señor, pueden revolucionar al mundo. Así comenzaron una vez.

3 comentarios »


avatar Raquel Dijo:

Excelente reflección. Me encantó

avatar Luciano trigoso cabrera Dijo:

COMPARTO SU OPINIÓN DEBEMOS SE SEGUIDORES DE CRISTO Y NO DE HOMBRES .SER HACEDORES DE LA PALABRA.. JUAN 8:32

avatar dario Dijo:

excelente reflexion,, los que no nos aferramos a la palabra haciendola una guia en nuestras vidas nunca podremos crecer en nuestros ministerios.

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