Por Edin Roderico Yaxcal, Ciudad de Guatemala, Guatemala
Fragmento de un ensayo presentado a concurso.
Ser cristiano en América Latina no es diferente a serlo en China o en Inglaterra… o por lo menos no debería serlo. Ser cristiano tiene características tan especiales al resto de la forma de vida de la sociedad, que desde el principio de la iglesia ellos fueron fácilmente identificados como tales por parecerse a su maestro: Cristo.
En efecto, las Escrituras nos dicen en Hechos 11.26 que los cristianos fueron llamados con ese nombre en Antioquía de Siria, una ciudad muy importante tanto para el imperio romano como para el inicio de la predicación del evangelio a los gentiles. ¿Y qué distinguía a este grupo de personas de las demás? La Biblia nos informa sucintamente que todas ellas, en primer lugar, al oír el evangelio y comprenderlo, se arrepintieron sinceramente de sus pecados, se bautizaron en el nombre de Jesucristo y recibieron al Espíritu Santo (Hechos 2.36-41). Después de esta experiencia de profundo arrepentimiento y gozo que se ha llamado en los círculos evangélicos “nuevo nacimiento”, se nos informa que los miles de cristianos que se fueron añadiendo gracias al llamado de Dios (v.47), se mantuvieron fieles a la doctrina que les impartían los apóstoles, a la asistencia al templo, a las reuniones en las casas para comer juntos con alegría y a las oraciones (vv.42). Se dice también que estos primeros cristianos eran extremadamente generosos y unidos (vv.44 y 45). Fue precisamente a esta clase de personas tan apegadas a las enseñanzas de Cristo que se les apodó cristianos en Antioquía por primera vez.
Un sobrenombre mal aplicado
Detengámonos un poco en este punto. Al parecer, esta descripción de los primeros cristianos del siglo I de nuestra era, es común a todos los cristianos latinoamericanos, pero no es así. David Escobar, un investigador de la historia de los inicios de la iglesia cristiana evangélica en Guatemala, nos dice acertadamente que la gran mayoría de personas llamadas “cristianas” en este país, en realidad ¡no conocen el verdadero evangelio de Jesucristo! Es decir, no son cristianos… Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar lo mismo de la población de los otros países de Latinoamérica.
Sabemos que la mayoría de personas llamadas cristianas en Latinoamérica solo conocían un tipo de cristianismo basado en tradiciones y ritos más que en las enseñanzas apostólicas escritas en la Biblia. A la venida del cristianismo evangélico, llamado también “protestante”, fue dado a conocer otro tipo de cristianismo basado principalmente en las Santas Escrituras. Los evangélicos de América Latina entonces comenzaron a esparcir lo que enseñaba la Biblia sobre el cristianismo y cientos de miles y hasta millones han conocido un evangelio diferente al primero que habían oído durante cientos de años. Hoy en los países de habla hispana de América hay un progresivo número de evangélicos que diseminan con ahínco en todos los medios posibles el evangelio que fue predicado desde el siglo I de nuestra era.
No obstante, hoy se tiene también una creciente inquietud entre algunos grupos evangélicos: que no se esté predicando por parte de los mismos evangélicos, aquel mensaje sencillo pero poderoso que dio inicio al cristianismo. Quizá el mensaje se ha perdido entre muchos otros mensajes. En medio de una generación en la que nos abruma la información proveniente de diversas fuentes, el mensaje de transformación y esperanza que predicaron los primeros cristianos, parece haberse mutado a una serie de recetas para aliviar los males del aquí y el ahora de los latinoamericanos.
En efecto, si ponemos atención a la mayoría de prédicas, pláticas o conferencias que abundan en los medios de comunicación y en los púlpitos de los templos evangélicos, pareciera que se estuviera enseñando más bien cursos de cómo hacerse líder exitoso, triunfar en los negocios o en cualquier empresa, obtener bienes a través del simple proceso de “sembrar” un poco para “cosechar” mucho, “ensanchar” los límites de la tienda, etc. Es decir, como que se anda por la periferia del evangelio (“las demás cosas”, “las añadiduras” – vestir, comer, bienestar físico-) y no en el centro mismo de él (“el reino de Dios y su justicia”).
La influencia de la forma de pensar de la sociedad en el cristianismo
Ahora podemos preguntarnos: ¿Dónde se perdió este punto focal del mensaje del evangelio en nuestra época, comenzando a darle importancia a los aspectos periféricos? No cabe duda que las presiones de la sociedad y su forma de pensar repercuten en el cristiano, principalmente el cristiano desapercibido, el que no se preocupa de conocer más si no se conforma con lo poco que cada domingo logra entender de las prédicas en su iglesia o que sencillamente solo es un religioso más, cumpliendo los ritos y costumbres de su congregación.
Al leer el caso de los fariseos, estos eran herederos de una forma de pensar, de una cosmovisión que fue construyéndose al paso de los años y que después para ellos fue una tradición, una manera de conducirse, de pensar y de obrar. Y cuando llegó Juan el Bautista y después Jesús a predicarles sobre la necesidad que tenían de hacer un cambio profundo sobre lo que llevaban años de practicar, sin duda su primera reacción fue el rechazo.
Así, cada sociedad tiene su propia forma de pensar, su propia filosofía y esta ejerce su influencia en todos los ciudadanos, sean estos cristianos o no. En nuestra época, hemos pasado desde hace algunas décadas del optimismo racional llamado modernismo, al pesimismo y relativismo que hoy vivimos, y que los estudiosos han llamado postmodernismo.
En efecto, si bien el modernismo nos trajo el optimismo positivista de la racionalidad y que esta fue considerada la fórmula mágica para solucionar todos los problemas de la sociedad, el postmodernismo nos ha traído casi sin que nos demos cuenta, el relativismo religioso y social que hoy vivimos.
Para el cristiano de América Latina comprender estos conceptos es vital, ya que hay tantas voces difusas que nos hablan de un evangelio diferente. Así como el catolicismo no fue capaz o sencillamente no quiso mostrar un evangelio que transforma la mente y la vida del individuo desde su raíz, así también las confusas enseñanzas de cierto cristianismo evangélico, han vuelto vagas las nociones del evangelio predicado por el Señor Jesús cuando anduvo por este mundo. Cada vez más vemos a “cristianos” que van a sus iglesias como distinguidos visitantes, pero sin profundidad en la comprensión del evangelio transformador de vidas. La vida en sus hogares y sitios de trabajo y hasta en sus entretenimientos dista mucho de la forma de vida que predicó Cristo a sus seguidores. Alguien afirmaba que este tipo de evangelio tiene ”un kilómetro de largo por un centímetro de profundidad”.
Ahora bien, en Latinoamérica, como lo dijimos anteriormente y sin duda a causa de esta poca profundidad en el estudio, la reflexión y sobre todo un acercamiento constante a Dios a través de su Palabra y la oración, hay un cristianismo que se torna poco a poco, pero en forma alarmante, hacia ciertas costumbres religiosas que se ligan peligrosamente con filosofías actuales sin que el creyente poco avisado lo perciba. Ese evangelio que trata de atrapar las masas pero que olvida apacentarlos consistentemente, llevarlos paso a paso al conocimiento y transformación de su mente basado en la palabra de Dios revelada, ha llevado a estos grupos cada vez más numerosos (en nuestro país hay más de veinte mil iglesias evangélicas) a ser analfabetos bíblicos, que ya no tienen mayor influencia en la sociedad porque han perdido su esencia, su autenticidad, tienen el nombre de “cristianos” como una etiqueta, como un apodo que les queda bien para mostrarlo a su conveniencia en diversas partes.
Muchas de las ideas y formas de culto que hoy surgen en el cristianismo popular evangélico, aparentemente tienen sus bases en las Escrituras, pero un examen más detenido de la Biblia y sus afirmaciones, principalmente en el mensaje prioritario que acabamos de exponer en forma sucinta, parecen surgir en las ideas filosóficas del postmodernismo secular.









