Por Cristina Echavarría, Chihuahua, México
Fragmento de un ensayo presentado a concurso.
Hablar de cristianismo en América Latina implica remontarse a la época prehispánica, cuando los habitantes de nuestro continente ni siquiera concebían la idea de un dios sacrificado. Por el contrario, los indígenas de aquél tiempo, ofrecían víctimas animales y humanas a sus dioses, convencidos de que así podrían controlar sus designios y desde luego, la manifestación de su furia a través de la naturaleza.
Las creencias supersticiosas de nuestros antepasados los inducían a cometer crímenes terribles, desde capturar a sus enemigos y asesinarlos en un altar hasta ofrecer a sus propios familiares e hijos para satisfacer a sus dioses.
El legado de aquella época nos persigue hasta hoy. Conocemos la historia. Cristóbal Colón y otros marineros se embarcaron y accidentalmente encontraron el Nuevo Continente. Por causas sinceras de fe, pero también el amor al poder, las autoridades de la época en Europa decidieron imponer su religión: el catolicismo. Entendamos que el catolicismo es una rama del cristianismo y trajo consigo un sinnúmero de bienintencionados misioneros quienes enseñaron a los aborígenes una religión “más civilizada”, sin embargo permitieron y también adoptaron muchos de sus usos y costumbres ignorando la trascendencia que tendrían en las generaciones venideras, no obstante las creencias locales prevalecieron disfrazadas de fe cristiana. Al enseñar la fe cristiana debería sobreentenderse la imposición de la radicalidad, utilizar el mero sentido común ante el visible daño que ocasionaban específicamente sus ritos, basta poca imaginación para suponer el terror infundido en los niños, doncellas y soldados ofrecidos a los ídolos.
Hasta hoy arqueólogos e historiadores intervienen para evitar la erradicación de las tradiciones antiguas, impidiendo el conocimiento de Dios, desde luego sin saberlo. Actualmente somos testigos de esta verdad.
La gente intenta ganar el favor de Dios caminando largos tramos a pleno mediodía, a veces de rodillas otras tantas golpeándose con lazos o rezando sin parar las mismas palabras. Sin duda prevaleció el pensamiento de ofrecer sacrificios a los dioses en la actualidad invocados con sus nombres cristianizado. Realmente la mayoría de las personas tienen pensamientos como: “pórtate bien, porque diosito se enoja” al igual que “yo soy buena persona, no le hago mal a nadie, diosito me tiene que ayudar”. Frases semejantes son utilizadas con tal convicción que han echado gigantescas raíces en la idiosincrasia de la cultura hispanoamericana, la cual preserva con celo absoluto la tradición de recibir favores del cielo a cambio de baratos ofrecimientos.
Resulta inconcebible la idea de los papeles a la inversa: Dios despojado de sí mismo y muerto por los pecados. Aun este hecho se considera un producto a la venta; para obtener la sangre de Cristo y hacer efectivo su dolor en la cruz se deben realizar actos buenos o provocarse cualquier tipo de sufrimiento. Esta clase de fe ha gobernado el corazón de la raza hispanoamericana.
La cuestión es ¿cómo afectan al cristiano evangélico estos antecedentes? Es bien cierto que cuando una persona llega al conocimiento del evangelio “descuelga” figuras representativas de un dogma idólatra, a pesar de esto su personalidad continúa apegada a rasgos del viejo hombre, y al luchar contra esta el torrente de la antigua vida termina por ceder, convirtiendo en nada sus esfuerzos y en objetos de adoración a sus maneras de ser.
Por supuesto, no existe duda alguna sobre el genuino deseo de una vida reformada de quienes reciben a Cristo. El cristiano evangélico anhela con fervor agradar a su Dios, el único verdadero, obedeciendo los mandamientos de Cristo, bautizándose, participando de la Santa Cena, todo como resultado de una sincera relación. Lo cierto es que el cristiano hispanoamericano, con toda su fe, no ha dejado de ser humano.
Tampoco se ha desprendido totalmente de su raza, si bien ahora su patria es celestial, sus rasgos físicos, su particular acento, en fin, todas sus manifestaciones como individuo son representativas del lugar en donde nace, vive y se desenvuelve. Corre en sus venas el sincretismo de dos mundos totalmente distintos y de cada cual adoptó múltiples formas de ser y existir. El común denominador observado es que después de su reunión de culto a Cristo, regresa a la cotidianeidad, y es ésta precisamente la que se ve afectada severamente por rasgos de la cultura prehispánica, incluso la colonización y por supuesto la fe precedente.
Desde luego, no es una generalidad, pero es importante analizar este rasgo de la sociedad actual en la esfera cristiana, porque se considera a Dios encerrado en un templo y poco se aprecia el hecho de que ahora el cuerpo humano, considerado pecaminoso en otros tiempos (no tan lejanos), es templo del Espíritu Santo. Este hecho ha sido remitido (si no restringido) a las numerables manifestaciones sobrenaturales, pero después ¿cómo vive un cristiano en casa?
La familia latinoamericana, en promedio, presenta fuertes manifestaciones de machismo, la mujer es relegada a las labores domésticas (actividad sumamente dignificante pero poco estimada), y el varón impone su voluntad impidiendo la realización integral de la mujer.
Sólo por mencionar otros ejemplos, se repiten generación tras generación patrones violentos de conducta, divorcios, ignorancia e incluso pobreza. A estas costumbres arraigadas la tradición eclesial las ha llamado “espíritus familiares”, denominadas así porque representan una especie de herencia costumbrista cuyo legado son conductas impropias y repetitivas en una misma línea de sangre y se desprenden inmediatamente del lado negativo de un carácter, la avaricia, la propensión a la inmoralidad sexual, total; todos esos diosecillos incrustados en el nicho oculto del corazón que vician la sinceridad del cristiano.
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El ser humano siempre en busca del paraíso perdido, especulando en donde geográficamente pudo estar ubicado, pero me temo que la espada del ángel que Dios mismo dispuso gira tan fuertemente que no logran encontrarlo, sin embargo sospecho que Dios lo plantó ya en otro lugar, en donde ya podemos disfrutar del fruto del árbol de la vida (no de la ciencia), y quizás por el orgullo que siento de ser mexicana, y por extensión latinoamericana, me parece encontrarlo en los corazones de mi gente: los cristianos de Latinoamérica.









