Por Leonardo Biolatto, Córdoba, Argentina
Fragmento de un ensayo presentado a concurso.
Discípulos del Reino entre los desencontrados, oprimidos y desunidos
En este ensayo hay tres partes dedicadas, respectivamente, a tres problemáticas latinoamericanas. Cada una de estas partes se estructura según el ver-juzgar-actuar. Las problemáticas son el desencuentro, la existencia de oprimidos y la desunión.
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En la multiplicación de los panes según Marcos, las referencias a la gente se van organizando de manera progresiva, desde la muchedumbre hasta los grupos en la figura de hileras, como plantaciones. La pedagogía del Dios que llama a vivir en comunidad, es pasar del desconocimiento y la extrañeza a conformar el Pueblo, multitud organizada hacia un mismo fin, con un caminar compartido, con las mismas esperanzas y tristezas. Ser como una plantación, como las hileras de un sembradío, es vivir las mismas inclemencias climáticas que nos hacen crecer o que nos golpean, el mismo sol que nos quema o nos permite la fotosíntesis, las mismas lluvias que nos inundan o nos dan su vitalidad, las mismas épocas de sequía y de cosecha. Ser un Pueblo es compartir la historia y compartirla concientemente. La muchedumbre desorganizada comparte cosas, pero no reconoce ese compartir como riqueza o como don, ni siquiera lo reconoce dándose cuenta que existe. La muchedumbre vive de manera egoísta, acercándose a los demás cuando hay alguna utilidad en ello.
El discípulo, formador de comunidades, miembro activo del Pueblo de Dios, además de crecer en su conciencia personal de pertenencia a la comunión, debe expandir esa conciencia a todos los hombres y mujeres, y en un segundo plano, ayudar a recuperar la conciencia de pueblo cultural. Muchos pueblos originarios latinoamericanos fueron, sistemáticamente, diezmados; es tarea del discípulo, al hacer la opción preferencial por los excluidos, colaborar en la tarea liberadora de ellos para reafirmar su cultura, sus tradiciones, sus valores. No se evangeliza destruyendo el patrimonio de las naciones, sino inculturando la Buena Noticia. Los pueblos originarios no necesitan una Iglesia que considere su pasado como un gran error de la naturaleza; necesitan una Iglesia que descubra las semillas del Verbo allí presentes.
Ser discípulo no es un hecho individual y aislado. Dios nos ha llamado para formar comunidad, para descubrirnos hermanos, para hacer la comunión eclesial que sea reflejo de la comunión trinitaria. Crecer en la conciencia de Pueblo y participar en la conciencia de los pueblos es un servicio a América Latina, para contribuir en su proceso de formación desde una perspectiva liberadora y fraterna, haciendo del Reino de Dios un proyecto verdadero que no está en las nubes, sino aquí, en la tierra, con los hombres y mujeres.
El hombre y la mujer latinoamericanos sufren el desencuentro, la opresión y la desunión. Para todas estas problemáticas y sus derivadas, el cristianismo tiene una Palabra, tiene a Jesucristo y su mensaje, tiene el Evangelio del Reino de Dios. Nuestra responsabilidad como discípulos está patente, porque los problemas de los humanos son nuestros problemas, los problemas del continente son un grito hacia la Iglesia presente en América. ¿Cómo desentendernos del hermano oprimido, pobre, marginado y excluido? ¿Cómo quedarse tranquilo cuando reina la desunión y los enfrentamientos por nada? ¿Cómo no sensibilizarse ante tanta gente desencontrada, sumida en el individualismo? ¿No quiere el Reino la igualdad, la fraternidad, la comunión, el encuentro? ¿No es este querer del Reino lo opuesto a la realidad y la respuesta a ella? Tenemos un mensaje para transmitir, un mensaje evangelizador, y tenemos cosas por hacer, cosas de Dios.
Somos discípulos que pueden dar al desencuentro un sinnúmero de puentes, de accesos, de facilidades para recuperar lo perdido, la intimidad. Somos discípulos que nos hemos encontrado con una Persona y reconocemos el valor de ese encuentro, porque nuestras vidas cambiaron a partir de allí. ¿Negaríamos ese encuentro a los demás? Asimismo, disfrutamos la presencia continua de nuestros hermanos, y entendemos que las relaciones interpersonales son el tejido social que nos hace humanos, nos interpela como tales, nos permite crear, imaginar, desarrollar, proyectar, amar. ¿Negaríamos a los demás esa riqueza de las relaciones?
Somos también discípulos profetas que pueden trabajar para revertir el estado de opresión de miles de personas. Reconocemos a nuestro Maestro entre los que han sido tenidos por últimos, los condenados a muerte, los azotados, los injustamente sentenciados. Él se ha rodeado de hombre y mujeres de los estratos más bajos de Palestina; Él se ha hecho hombre siendo Dios. ¿Negaríamos esas verdades apañando la opresión? En variadas oportunidades el Maestro nuestro denunció a los opresores y denunció la hipocresía que era una forma teatral de esconder ese poder esclavizante. Fue el Jesús profeta quien se animó a entrar a Jerusalén desafiando la estructura del Templo y su sistema cultual que había perdido el sentido intrínseco, que había perdido el amor a Dios. ¿Negaríamos ese profetismo continuando en un círculo cultual sinsentido y callando por miedo a los ricos y poderosos? ¿Negaríamos la entrega radical de Jesús montando espectáculos pseudos-religiosos que permitan ocultarnos para quitarnos la responsabilidad?
Somos, por último, discípulos en comunidad que ven en la desunión un rechazo al proyecto de Dios. Hemos sido hermanados por Jesucristo, constituidos hijos de Dios, sacados de la esclavitud de la soledad, el individualismo y el egoísmo. Somos Pueblo de Dios que camina en la historia humana con la perspectiva de la historia de la salvación. ¿Negaríamos al continente esa esperanza? Descubrirnos hermanos es uno de lo grandes regalos que se nos ha dado, porque miramos el futuro de una manera diferente, y lo construimos entre todos, vinculados por el amor. Entendemos que solos es más fácil ser quebrados, derrotados, es más fácil morir de tristeza y angustia. Entendemos que en la comunión nos hacemos fuertes, vencemos las adversidades, nos alegramos y sostenemos. ¿Negaríamos a los latinoamericanos la posibilidad de hermanarse en Cristo para afrontar los retos de la historia?
Quiera Dios que la Iglesia en América Latina sea discípula fiel y perseverante del Maestro, pero sobre todo, que sea discípula creativa al servicio del Reino, preocupada por los hombres y mujeres que, a su lado, sufren desencuentro, opresión y desunión. Quiera Dios que la Iglesia viva y proponga el encuentro, la liberación y la comunión.









