Desafíos para el cristiano de Cuba

Por Fátima Alonso Rodríguez, La Habana, Cuba

Fragmento de un ensayo presentado a concurso.

¿Acaso alguna vez ha sido fácil?

La naturaleza pecadora del hombre –que ya nace pecador– se concreta a partir de una serie de afluentes personales, familiares y sociales. Como pecadores somos lo que hemos recibido de nuestros padres y de otros familiares; cargamos con las consecuencias de nuestras erradas decisiones personales; y manifestamos aquello que el mundo, vale decir, la sociedad en la que hemos vivido toda nuestra vida antes de Cristo ha impregnado, como una segunda piel, en nuestra personalidad corrompida. La sumatoria de pecado original más pecado personal más influencia pecaminosa de la familia y de la sociedad, es a lo que Pablo daba en llamar “el viejo hombre interior” o la “vieja naturaleza”.

Esto de la idiosincrasia de una comunidad humana va en serio en el cristianismo; basta recordar las instrucciones del apóstol Pablo a Tito, que enfrentaba una dura tarea en la conflictiva iglesia de Creta, una isla en la que vivían cinco grupos étnicos diferentes. Para manejarse con sabiduría entre los cretenses promedios: reprensibles, borrachos, mentirosos, iracundos, codiciosos de ganancias deshonestas, Tito debía conocer las circunstancias locales. Por eso Pablo le hace saber que “(…) su propio profeta, dijo: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe, no atendiendo a fábulas judaicas ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad”(Tito 1:12-14 ). De la misma forma, en cada carta apostólica le recomendaba a las iglesias cristianas por él fundadas, que se guardaran de todas aquellas costumbres inmorales que la sociedad de la cual provenían les había hecho creer que eran tradiciones culturales.

La mezcla de razas taínas o ciboneyes, europea y africana en un principio, después se le agregaría, en el siglo XIX, la china, produjo en Cuba el llamado mestizaje, uno de los signos distintivos de la cubanidad; ese que el etnógrafo y sociólogo Fernando Ortiz, dio en llamar “el ajiaco cubano”, en clara y certera alusión a la combinación de tan heterogéneas y peculiares razas, tal como ocurre con las diversas viandas que se mezclan en el sabroso sopón criollo. Mas el mestizaje no se aprecia solamente en la variada gama de atributos raciales, sino en la intrincada fusión de costumbres alimenticias, musicales, de formas de asumir la vida, de valores morales y de prácticas religiosas que también resultan en un ajiaco.

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Este ensayo, en virtud de su extensión, no puede agotar el tema. Ni siquiera puede diagnosticar todo el intrincado ser y hacer de las cientos de denominaciones, iglesias y organizaciones que cultivan el campo religioso en Cuba, así que ha escogido una obra de alcance nacional, con más de 100 misiones subalternas en todas las regiones del país, para un muestreo de la situación. En definitiva, se pretende que la exposición de la problemática que se vive en Cuba, ayude a entender a los cubanos de acá, y a los hermanos que nos ayudan desde el extranjero, que hay solo una esperanza para el cristiano y no es ni el sistema eclesiástico, ni los líderes de la Iglesia, ni nuestras buenas obras, sino Aquel que, desde antes de la fundación del mundo y hasta hoy, ha sido y será siempre el Rey de la Gloria.

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Alejados de la gracia salvadora, sin apego tampoco siquiera a la ley mosaica ni al decálogo ofrecido por Dios a su pueblo, el país se abocó a una crisis moral sin precedentes en la historia nacional, mucho peor que la crisis económica que ha padecido por casi cincuenta años. La idiosincrasia “sui generis” del cubano ha resultado notablemente cultivada. Dejamos bastante que desear, y esto no es ningún secreto, en cuanto a la honestidad de vida, el compromiso con la verdad y la doble moral, el sentido de responsabilidad personal, familiar y social, es decir, con relación a las cuestiones de la ética. Tal vez por un pasado de esclavitud en nuestra historia, creemos ofensivo cualquier esfuerzo físico digno sólo de negros esclavos y animales, y somos propensos a procurarnos los goces de la vida por cualquier medio, que no sea trabajar. Consideramos “bobo” al que no aprovecha las oportunidades turbias que se le presentan en el camino de la vida, sea en cuanto a lo sexual, a lo económico o en cuanto a las posibilidades de escalar posiciones sociales. La mayoría tolera las más variadas formas de corrupción.

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Las generaciones más jóvenes han pasado los mejores años de su vida en una ignorancia total de la existencia de Dios. Jamás han escuchado hablar de Jesucristo ni de su agonía en el Calvario, ni de su resurrección triunfante. Las exigencias morales de Dios para los hombres le son tan desconocidas como pilotear un cohete espacial. Mucho menos conocen de un plan eterno de Dios que se inspira en un profundo amor del Creador por toda su obra, incluyendo a las criaturas humanas. El único mensaje al que se han acostumbrado, los jóvenes y la sociedad en su totalidad, es al del odio y el enfrentamiento, a la doble moral, al espionaje y la delación, la revancha y la desobediencia civil. Al final, la cosecha ha sido abundante en rencor y animadversión los unos por los otros. Nada del amor y el perdón que fundan, y reconstruyen, y restauran hondas heridas.
 
En tiempos de crisis nacional, los pueblos se vuelven, intuitivamente, hacía una búsqueda de soluciones en el ámbito espiritual y religioso. El recrudecimiento de la crisis económica en la década de los años 90 producido por la caída de un mundo que nos sostenía artificialmente, llevó a muchas personas a replantearse el significado mismo de su vida y el destino de su alma. El pueblo dejó de mirar al suelo y levantó sus ojos al Cielo para invocar a cualquiera que pusiera remedio a tanta frustración, a tamaño desengaño y a tan demoledora crisis.

A partir de esa fecha los cubanos concurrieron en masa a las iglesias católicas, a los templos protestantes, a los salones de los Testigos de Jehová, a los centros espiritistas, a las casas de los brujeros, santeros, paleros y cartománticos, tratando de “abrirse los caminos” para conseguir empleos con salarios pagados en divisas, lograr la salida del país y conquistar a un extranjero en matrimonio que era casi lo mismo que emplearse en una firma extranjera o ganarse el sorteo para emigrar a los Estados Unidos.

La posición oficial cedió ante esa urgencia espiritual y se volvió tolerante, sin abandonar el recelo de que la religión podía seguir siendo un enemigo agazapado. Eso sí, recibieron cierta cobertura en los medios oficiales de comunicación el catolicismo, al cubrirse la visita del Papa Juan Pablo II, cuya misa en la Plaza de la Revolución con la asistencia de toda la alta dirigencia partidista abrió la boca de asombro a buena parte del pueblo cubano, y al que se le permite trasmitir cada año las ceremonias oficiales del Vaticano por Semana Santa; las religiones de origen africano que, consideradas parte de una valiosa identidad cultural y religiosa, son cultivadas con tesón en la pintura, la música popular, el teatro y la cotidianeidad, llegando a apreciarse como una actitud graciosa de cubanía que una mayoría del pueblo las practiquen y que los dirigentes partidistas, materialistas confesados a la luz del día, aprovechen las sombras de la noche o la temprana madrugada, para visitar a sus padrinos y “consultarse”; y aquellas denominaciones protestantes que tienen pastores que a la vez son parlamentarios políticos, han tenido cierto espacio en entrevistas televisivas y en actos de tribuna abierta.

En cuanto a los protestantes históricos, los evangélicos y los pentecostales, entre nosotros, los nombres de las denominaciones y las Iglesias engañan. Muchos se presentan con el nombre de comunidades eclesiales y/o grupos religiosos que surgieron al calor del movimiento de Reforma, nombres respetables y reconocidos que les otorgan una calificación confesional y, en realidad, se trata de un grupo de embaucadores que ni siquiera están en contacto con la Iglesia cuyo nombre asumen. Detrás de su actividad religiosa, y del exacerbado proselitismo que realizan, no hay más que un modus vivendi, un modo de procurarse la vida en una Cuba de crisis económica, pobreza y carestías inimaginables, a costa de la buena fe de los seducidos por sus doctrinas retorcidas.

El problema se ha agravado con la proliferación de estos grupos sectarios dentro de algunas denominaciones cristianas históricas, que se han dividido ya en varias iglesias diversas. En realidad, no es posible determinar cuáles de estos grupos son sectas y cuáles son buscadores de la Verdad y estudiosos del Reino, que huyen del asfixiante sistema religioso para ir en pos del Rey. No tenemos los cristianos cubanos, fuera de la bien establecida Iglesia católica, ningún medio de comunicación masiva, grupo editorial, periódico, revista, programa radial o televisivo, donde se puedan denunciar los atropellos e injusticias de tales grupos sectarios, y se puedan revelar sus extrañas doctrinas que nada tienen que ver con los principios del Reino. No hay cristiano más desvalido, en ese sentido, que el cristiano de Cuba.

Una parte considerable de las conversiones, en las Iglesias protestantes, evangélicas o pentecostales, ha sido por puro emocionalismo o necesidad. Muchos de los cristianos que hoy llenan los templos apenas leen las Escrituras, mucho menos las escudriñan ni meditan sobre ellas interesadas en recibir una porción mayor de revelación. Todavía se alimentan con leche espiritual y andan anclados en los rudimentos de la buena doctrina, lo que las ha llevado a aceptar muchas otras que poco, o nada, tienen en común con el evangelio del Señor Jesucristo. Entre los que dicen tener el bautismo en el Espíritu Santo y hablan lenguas, muchos hay que, por esa tendencia natural de los cubanos a la influencia de lo sensorial, imitan los atributos externos de dicho bautismo y no muestran el fruto que debe acompañarle. La mayoría conocemos poco o distorsionadamente al Dios que queremos servir. Pocos de nosotros hemos rendido por completo todas las áreas de nuestra vida al señorío de Jesús y, en consecuencia, apenas les mostramos a los inconversos la vida de Cristo manifestada por medio de la propia. Pero, eso sí, salvo alguna que otra excepción casual, todos quieren un ministerio y/o posiciones de liderazgo, aunque afirmemos lo contrario en un alarde de seudo-humildad. De tal manera hemos colocado como prioridad en nuestras vidas cristianas el hacer.

La conversión “fácil”, en las iglesias cubanas, tiene como antecedentes la predicación de la palabra divina con un mensaje centrado más en ofrecimientos y promesas que en el verdadero arrepentimiento y perdón. Para un pueblo que sufre estrechez económica, cualquier mensaje que ofrezca solución, hasta la más inverosímil, captará la atención del oyente. La atmósfera emotiva que rodea el llamado al altar, las palabras sugestivas del predicador, los testimonios previos de otras personas que solucionaron problemas similares con sólo aceptar a Cristo como salvador personal, y la crisis circunstancial, ya sea familiar, de salud o de empleo, que se esté atravesando actúan como impulso conmovedor para hacer una pública “oración de fe”: requisito indispensable para considerarse “nuevo convertido” y para pasar a integrar la masa humana que asiste regularmente a todos los oficios de la Iglesia. Sus características fundamentales son: ausencia total o poca convicción de la condición de pecadores, arrepentimiento “cerebral” y no genuino o desde el corazón, expectativa por lo que se va a “recibir” materialmente, resistencia a conocer mejor a Dios y a someter a su vieja naturaleza a un proceso de consagración que comienza por el sacrificio y muerte de sí misma, y renuencia a aceptar el propósito de Dios para nuestras vidas.
 
Por eso es que muchos hermanos están agobiados por el peso de producir en ellos mismos, con su esfuerzo humano, una vida de imitación de Cristo. Como las predicaciones y enseñanzas recibidas se centran en el hombre, en su bienestar material y en la exhortación de ser hacedores de la Palabra y de servir al Señor, desconocen la sana y sencilla doctrina de Cristo y los principios del Reino, y conservan en su nueva vida cristiana los mismos rasgos dominantes de su personalidad mundana: ligereza criolla, triunfalismo, terquedad, irritabilidad, voluntarismo, toma de decisiones propias, etc. Son obreros laboriosos, “consagrados” a trabajar en todas las actividades y tareas de la Iglesia, pero que no logran mostrarle al mundo la imagen de Cristo. Otros han conseguido “pulir” una figura externa que va desde el cuidadoso atuendo “cristiano” hasta estamparse en el rostro una sonrisa bondadosa y hablar con voz meliflua. En cuanto se les “pisa un pie”, la máscara cae de su rostro con rapidez vertiginosa, se le endurecen los rasgos y la mirada, y responden de forma destemplada.

Si “El mundo no lee la Biblia, pero nos lee a nosotros”, entonces la lectura de nuestras vidas como seguidores de Cristo no debe haber sido muy edificante para un mundo incrédulo. Ellos nos ven asistir con regularidad y puntualidad a la Iglesia, como nos veía ir antes a casa del “bacalao” o a los “toques de santos”. Nos observan estupefactos en nuestra cruzada trasnochada contra los demonios y los objetos que los albergan, como antes reparaban en nuestras “limpiezas” para quitarnos los “muertos” que nos habían “tirado”. Advierten que salimos a la calle vestidos de manera ultraconservadora y con las manos llenas de tratados, y en la boca la frase reiterativa: “Jesús te ama y quiere que vengas a Él para resolverte todos tus problemas”. Y nada de eso les impresiona.

Por otro lado, observa cómo murmuramos y contendemos entre nosotros; cuán descuidados están nuestros hogares, y qué mal atendidos y sin sujeción están nuestros hijos; cuánto discutimos y peleamos en nuestras casas; cuánto nos importan las posesiones materiales; cuánta angustia y aflicción mostramos en las pruebas; y cuán indiferente somos ante el dolor que nos rodea. Y eso sí les impresiona, pero desfavorablemente. De ahí a que nos consideren unos hipócritas redomados, va un solo paso.

Muchos hermanos reconocen no haber leído la Biblia completa ni una sola vez en todos los años que llevan en el Camino. Han sido ganados por un prejuicio en contra del conocimiento en general, en el que incluyen la Palabra de Dios. Se escudan tras la cita bíblica “…la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Co. 3:6), extrayéndola del contexto e ignorando que la “letra” se refiere a la ley mosaica, y no al estudio o a la instrucción. Por regla general, se tiende en las predicaciones a condenar que los jóvenes continúen estudios superiores universitarios, pues se aduce que para entrar al reino de los cielos no se les pedirá un título expedido por los hombres. Lo importante es que aparezca el nombre del cristiano inscrito en el libro de la vida. Y como hay escasez de revelación, cada versículo bíblico, cada pasaje escritural, es interpretado desde una perspectiva meramente humana.

También se intercambian los conceptos de humildad e ignorancia. “Si lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios” (1 Co. 1:27), y si Pedro y Juan, pescadores de escasa instrucción, fueron seleccionados por Cristo como discípulos, es que Dios aprecia más la “humildad” del poco conocer antes que la vanidad del mucho conocimiento. Por eso es mejor no correr el riesgo de ensoberbecerse con la sabiduría. No hay que saber tanto de las Sagradas Escrituras, dicen, sino trabajar para Cristo, que ya el Espíritu Santo se encargará de poner en sus bocas las palabras necesarias cuando sea menester.

Por esa propensión de la idiosincrasia cubana de moverse con ligereza hacia los extremos de las cosas, tenemos otro grupo en la cima de la cresta opuesta. Son aquellos que, como los griegos, andan en pos de la sabiduría y se anotan en todos los cursos auspiciados por la Iglesia, desde los que enseñan geografía bíblica, costumbres de los judíos o las últimas y más novedosas interpretaciones del libro de Apocalipsis. Están dispuestos a hacer el sacrificio supremo de pagar hasta 20 dólares, más del salario mensual promedio de un trabajador, por inscribirse en cursos de bachiller en Teología, maestrías y doctorados, promovidos por universidades extranjeras de dudosa fama, con tal de tener curriculum con el cual acceder a viajes en el extranjero para predicar en iglesias de gran membresía. Siempre les queda la duda de si el título expedido en inglés, idioma que desconocen, corresponde realmente con una maestría o un doctorado verdaderamente reconocido en el mundo académico de los teólogos, o si han sido víctimas de un timo oficiosamente disfrazado como un curso a distancia para hacerse erudito bíblico en apenas un año.

Otros están convencidos de que la Biblia no es del todo confiable, en la medida que la copia de los manuscritos y la traducción de los mismos han adicionado, cambiado o eliminado muchos de los versículos originales. Por lo tanto, son los casettes de cursos internacionales, los folletos, libros de moda –los best-sellers, que también hay entre los cristianos– y los cursos impartidos por los líderes de la iglesia, los que van a revelarles las verdades que las Escrituras perdieron.

Aunque Dios ha dicho que las armas del cristiano son espirituales, unos cuantos creyentes se aferran a métodos terrenales y a fórmulas exorcistas. Apenas conocen los rudimentos de la sana y sencilla doctrina de Cristo, pero son expertos “demonólogos”. Saben poco de Dios, pero de Satanás saben más que lo que la propia Biblia enseña. No les falta nunca el frasco del más poderoso recurso contra Satanás: “el aceite”. Los más avezados en el saber demonológico admiten ufanados que, como parte del trato especial de Dios para sus vidas, los demonios conviven con ellos en sus hogares, y unas veces se les manifiestan con formas inverosímiles y hasta grotescas, y otras veces denotan su presencia por el rastro de fuerte aroma a picadura de tabaco y perfume barato que dejan a su paso. Las campañas de evangelismo y sanidad terminan siempre con un masivo acto para liberar a los cristianos bautizados, de los demonios que los poseen.

Una significativa porción del pueblo cristiano se mueve en un mundo bipolar, rudimentario y casi infantil, de entendimiento de las verdades divinas. Si reciben beneficios materiales, que son los más anhelados, ya se trate de la instalación del teléfono, el otorgamiento del televisor a colores, un nuevo empleo, regalo de dinero o la solución de problemas familiares, se considera que están bien delante de los ojos de Dios, porque este los premió con una bendición. Si, por el contrario, enfrentan una prueba o se encuentran afligidos, la expresión es “Satanás me está atacando”. Jamás reconocen su cuota de responsabilidad cuando le fallan a Dios.

La fidelidad a Cristo es medida con un indicador cuantitativo que lleva el record de la asistencia a la iglesia y a las actividades programadas por los muchos ministerios, y el registro de la obra personal que se hace para Cristo, es decir, a cuántos le han predicado la Palabra y se han convertido, y a cuántos han llevado a la Iglesia.

Las oraciones se han convertido en una letanía de reclamaciones y quejas. Nos encaprichamos en forzar a Dios para que haga nuestra voluntad, porque nos han convencido de que la única razón de la existencia para Dios es resolvernos todos nuestros problemas. Subyace en la mentalidad de un cristiano cubano la percepción de que así como los orishas estaban obligados a ayudarlos después de la entrega de animales, miel o aguardiente, Dios está forzado a proveerles todo lo necesario después que ellos le han hecho el inmenso favor de convertirse en cristianos. Abrumados por la desesperanza y las penurias algunos, nos más despertando en la mañana, corren a reprender al espíritu de pobreza que mora en sus refrigeradores. Otros caminan por las calles con el monedero abierto entre las manos y oran en silencio para que Dios se lo llene.

En tanto cristianos no nacidos de nuevo, por lo tanto creyentes de idiosincrasia cubana, cada uno cree que es más bendecido que otros, que Dios les habla a diario más que a sus hermanos, que el Señor le ha prometido el ministerio más famoso y poderoso de toda la Tierra, que él y sólo él es capaz de enfrentarse a los demonios más violentos y triunfar en el exorcismo allí donde otros han fracasado, y que nadie sabe más de la Biblia que él.
 
Los hermanos que vienen del extranjero –concedámosles el beneficio de la duda, imbuidos de buenas intenciones– no hacen más que reforzar en algunos de nosotros lo que podría llamarse el “síndrome de Colón”. El experimentado marino genovés, veterano de travesías marítimas por litorales tan hermosos como los del Mediterráneo y costas tan exuberantes como las de África, llega al insignificante puerto de Bariay, en la costa norte de la antigua provincia de Oriente, y arrodillándose en tierra pronuncia las palabras que nos condenarían para siempre: “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”. Desde entonces nos las hemos creído.

Los hermanos vienen alabando a un pueblo de Dios que le permanece fiel en medio de tantas vicisitudes. Nos reiteran una y otra vez que no conocen cristianos como nosotros, y eso que han viajado el mundo entero y por lo mismo nos pueden comparar con los de otras naciones. Nos ensalzan por nuestros alegres y portentosos cánticos y bailes; nos elevan hasta las nubes por mantener la fe donde se proclama tanto materialismo; por consentir ir a la Iglesia en ómnibus, cuando en sus respectivos países ningún cristiano se movería sin su automóvil; nos encumbran por sufrir con tanta paciencia la escasez de comida, medicamentos y de comodidades electrodomésticas. Acto seguido nos confiesan que han tenido visiones sobre el destino de nuestro país y han visto flechas de oro descender de los cielos, y eso sólo puede significar que Dios nos tiene reservado un lugar de eminencia entre las naciones. Los cristianos de Cuba serán muy bendecidos con dinero y riquezas materiales, ya que aquellos que sembraron con lágrimas cosecharán la alegría. Lo que muy pocos hacen es preguntarnos si hemos aceptado a Cristo como Señor, Rey y Sumo Sacerdote, y no exclusivamente como un mero Salvador que viene a resolvernos todos nuestros problemas materiales; si estamos dispuestos a morir para que viva Él en nosotros; o si estamos listos a renunciar a todo, con tal de que se manifieste Él al mundo a través de nuestro testimonio de vida.

Aquellos pocos hermanos extranjeros que nos exhortan a limpiar y purificar nuestros corazones de todas las actuaciones carnales que el sistema eclesiástico y las religiones nos han enseñado, y que dejemos a Cristo tomar el lugar que le corresponde en el trono de nuestros corazones, para que sea únicamente Él quien nos lleve por el camino de Su Reino, esos hermanos son condenados por el sistema y calificados de herejes, y lo más probable es que no se le cursen nuevamente las cartas de invitación necesarias para que el estado cubano les otorgue visas religiosas. Esa clase de mensaje socava la base de poder del sistema eclesiástico, que ha sido concebido para tener el control sobre las vidas de los otros miembros, y que no está dispuesto a sacrificar su seguridad financiera accediendo a que Cristo tome el control de las vidas de sus seguidores.

Durante más de cuatro décadas, los cubanos hemos sido ejercitados en la práctica de una unidad patriótica y política que ha dejado huellas indelebles en nuestro comportamiento consciente, y a nivel de subconsciente también. Estamos acostumbrados a obedecer el liderazgo humano, sin cuestionamientos de ninguna índole, a concurrir disciplinadamente a todas las actividades convocadas por las diferentes organizaciones políticas y de masas, y a ejercer vigilancia sobre nuestros compatriotas. Se considera un mérito notable “echar pa’lante” a familiares, vecinos, amigos y compañeros de trabajo, bajo el pretexto de ganarle la batalla al enemigo.

Si al venir a los pies de Cristo, nuestra vieja naturaleza no es sacrificada en el juicio de la Cruz conjuntamente con Cristo, nuestra vida cristiana es matizada con los colores exactos de la influencia del mundo, en este caso particular, de la actividad ciudadana en el país. Así que con igual entusiasmo al que tenemos cuando colocamos banderas nacionales en los balcones y asistimos a los actos políticos, concurrimos a las “tareas asignadas” por la Iglesia; y con los mismos parámetros que discutimos los méritos y deméritos de un trabajador en una asamblea sindical para concluir si es merecedor o no de la categoría de cumplidor, medimos la fe y la fidelidad de un cristiano. En ocasiones, nuestras reuniones parecen ser, por el espíritu que las anima, una prolongación del quehacer político de la nación y parece que estamos asistiendo a una reunión de la Unión de Jóvenes Cristianos, la Federación de Mujeres Cristianas o el Partido Cristiano de Cuba.

Algunos vigilan, literalmente hablando, desde sus casas, ocultos tras los visillos de las ventanas, todos los pasos diarios de los hermanos, su entrar y salir, sus relaciones y conversaciones, no sólo para llevarles el récord de su vida cristiana y hablar a sus espaldas de su condición espiritual, sino para pasarle la información al Pastor, al co-pastor y a todos los líderes. Otros, anotan en una libreta la asistencia de cada hermano a las diferentes actividades, con la misma prolijidad que podría hacerlo el presidente de un CDR.

Subyace en muchos, inconscientemente, un espíritu de competencia y emulación con otros hermanos sobre la base del 100% de asistencia a los servicios de la iglesia, como contador fidelísimo de la consagración a Dios. Se ha dado el triste caso de una “líder” que participó en una confrontación desagradable con una de las miembros que se supone debía guiar a una vida espiritual superior, disputa en la cual fueron involucrados algunos vecinos no creyentes, y que tuvo como manzana de la discordia el otorgamiento por parte del municipio gubernamental del servicio telefónico a la hermana en cuestión y no a la líder, que se consideraba por su “trayectoria cristiana” más merecedora de esa “bendición”.

La Iglesia en Cuba no es más que una réplica, en cuanto a métodos y organización, del estado cubano. Intentando hacer la diferencia, repite el espíritu de dominación y control que le es típico a un sistema político; como copia, muestra ribetes trágico-cómicos. Y no podía ser de otra manera, pues se trata de sistemas creados por el hombre. No es relevante si el sistema es político, filosófico o religioso, todos los sistemas funcionan bajo los mismos principios y leyes, y todos tienen el denominador común del culto a la supremacía, y la opresión de unos cuantos sobre la mayoría.

No se puede someter a crítica el trabajo de los pastores y líderes de la Iglesia, no se puede exigir que no tuerzan el verdadero sentido de las Escrituras, no se puede manifestar interés ardiente porque el Espíritu Santo se muestre en la pureza de la Iglesia, no se puede demandar que los falsos profetas y los falsos maestros sean expulsados de la congregación. Cualquier manifestación en ese sentido es acallada de inmediato con la sentencia de que se atenta contra la unidad y de que se ayuda a Satanás revelando las fallas e imperfecciones de la Iglesia. Es el mismo principio que ha gobernado nuestras vidas en el país por diez lustros: cualquier renovación, algún indicio de cambio, casi una imperceptible demanda de más libertad, se ahoga rápidamente con la amenaza de que servimos así al enemigo y ponemos en peligro la unidad monolítica que nos ha permitido sobrevivir sus ataques casi cincuenta años. El imperialismo yanqui o Satanás, lo mismo da; ambos son sólo recursos bien empleados para lograr sumisión. Lo peor es que mientras andamos creídos de que los estamos venciendo, son ellos los que a la larga triunfaran de nosotros.

La primera decisión que toma un cubano poco después de su “conversión” es renunciar a su vínculo laboral para dedicarse a trabajar en la “obra de Dios”. Ahora sale a la calle a predicar el evangelio a cientos de desconocidos, abandonando a decenas de compañeros de trabajo a los que podría haber impactado con un vigoroso testimonio de vida cristiana. Como la situación económica de Cuba es bien difícil, la consecuencia de tal acto es que sobreviene una mayor penuria para los familiares a su cargo. Entonces, compromete a sus hermanos de fe a ayudarle en sus gastos familiares. La fama de los cristianos entre los impíos es que son vagos y les gusta vivir del trabajo ajeno. Como todos aspiran a un ministerio poderoso, más tarde o más temprano, llegan a ser pastores que viven a costa de los diezmos, ofrendas y regalos de su congregación; o evangelistas, a los que les corresponde un por ciento de lo recaudado en cada campaña de evangelismo y sanidad; o líderes de ministerios que son financiados con dólares desde el exterior. Pronto, su nivel de vida adquiere una mejor calidad, distinguiéndose de la masa cristiana que les mantiene. Amplían sus viviendas en un proyecto constructivo cómodo y lujoso, adquieren todos los efectos electrodomésticos disponibles en el mercado oficial y en el mercado “negro”, compran sus víveres en las tiendas de moneda convertible a las que muy pocos cubanos tienen acceso, se agencian un guardarropa de marca, algunos hasta pueden comprar automóviles y camionetas gracias a las gestiones de los hermanos del exterior, y toda esa prosperidad es achacada a las bendiciones de Dios, que respalda sus respectivos ministerios. Ni ellos, ni la congregación que tienen sometida mediante un evangelio de presiones, chantajes y amenazas, admiten jamás que toda esa holgura se debe a la estafa que cometen primero, contra Dios, y segundo, contra la congregación por la cual deberían sacrificarse, como corresponde a un buen pastor.

Lo cierto es que, en la actualidad, en Cuba hay tres posibilidades de alcanzar mayor bienestar económico que el resto de la población: una vía es pertenecer a cualquiera de los cuerpos armados de la nación; la segunda, es lograr “colarse” en una corporación de capital mixto – si se alcanza el estadío de gerente, la bienandanza es inimaginable-; y la tercera opción, es llegar a ser pastor de una congregación numerosa. De ahí la importancia del crecimiento numérico para los pastores y de la obligación del diezmo para los miembros de la Iglesia. De cada tres predicaciones, dos están centradas en la exigencia del diezmo. Malaquías 3: 8-12 son quizás los versículos más pronunciados entre los pastores. La congregación es intimidada con la acusación de robarle a Dios, así que muchos hermanos han dejado a sus hijos sin comer con tal de no incumplir con el diezmo y acarrear sobre sus vidas el castigo divino.

El mecanismo psicológico es bien sencillo, pero ha sido tan finamente perfilado que es muy efectivo. El propio pastor muestra su bonanza económica como prueba de que Dios se agrada de aquellos que han dejado el trabajo en el mundo y se han “consagrado” a Él, y que todo lo que un cristiano debe hacer para obtener lo mismo es trabajar para la Iglesia, someterse en todo al pastor que es el Ungido de Dios, ¡ahí está la prueba, en su prosperidad!, pagar los diezmos con puntualidad y, además, las ofrendas con corazón alegre, que Dios se encargará de hacerle millonario.

Lo triste del caso es que la mayoría de los hermanos, abrumados por la pobreza y la escasez, ponen su confianza en este evangelio de la prosperidad. ¡Y pasan los años! Mientras el pastor se enriquece más cada día, la congregación se mantiene en la inopia. Ahora se autocondena: funcionó para el pastor porque dedica todo su tiempo a Dios, no funciona para ellos porque le están fallando a Dios en algo. ¡A congregarse más, a trabajar más para la Iglesia, a exprimirse el último centavo del bolsillo! ¡Ha marchado bien para el pastor, tiene que marchar bien para ellos también! No tienen en cuenta que a esa estrategia le falta un elemento esencial. Deben endurecer su corazón a tal grado que no les importe el sufrimiento ajeno, ni el de sus hermanos de fe ni el del mundo que se pierde. Solo así es posible volverse rico, y pocos son los que albergan tamaña indiferencia y perversidad en el corazón.
 
El espíritu de autoritarismo y control es el que domina a los pastores y líderes de la Iglesia, y el evangelio que gustan predicar es aquel que les permita mantener incólume el sistema de su poder y de su seguridad financiera. Cualquier tentativa de predicar el evangelio del Reino es calificada de herejía, y perseguida ferozmente. Vaya la siguiente anécdota como muestra.

Unos hermanos extranjeros visitan el país y traen una enseñanza fresca que saboreada con fruición sabe a pan sin levadura y a Cordero. Vienen verdaderamente llenos del Espíritu Santo por la manifestación de sus frutos. No exhiben títulos ni manifiestan liderazgo alguno. El testimonio de humildad, amor y paz de sus vidas conmueve a todos los que se han reunido con ellos. Se comportan con sus hermanos como iguales, sin visos de altanería ni autoridad. Lo más importante, el mensaje de su predicación se centra en Cristo y no en el hombre. Son del Reino y hablan del Reino y del Rey. Enseñan el propósito eterno de Dios desde antes de la fundación del mundo, y aclaran que el verdadero sentido de la consagración a Dios es un camino que empieza justamente en la muerte de la vieja naturaleza y un nuevo nacimiento, para que Cristo sea manifestado en los cristianos y éstos lo muestren al mundo.

Por esas ideas, el liderazgo eclesial los considera blasfemos. A ellos y a los que se han atrevido a escucharlos. Se le prohíbe a la congregación dar crédito a sus palabras y mucho menos reunirse con ellos. La mayoría acata las órdenes, pero los deseosos de saber más acerca del verdadero Rey se congregan en su compañía, y comienzan a trasmitirle al resto de los hermanos el verdadero mensaje del Reino que el sistema eclesiástico ha mantenido oculto durante años. La persecución y la presión sobre ellos desde el punto de vista psicológico son tan despiadadas, que tienen que abandonar la Iglesia.

El procedimiento no es sencillo. Deben solicitar por escrito su baja de la membresía y esperar, días o semanas, que los líderes se reúnan para considerar si las razones esgrimidas por los solicitantes son válidas o no. Después, pueden ser citados a una reunión con todo el Consejo de liderazgo de la Iglesia y sometidos a un interrogatorio donde se les “recuerdan” a los “rebeldes” todos los fallos que pudieron haber tenido durante su estadía en esa congregación. Al final, tal vez se les entregue una “carta de liberación” que les permita tramitar su membresía en otra iglesia, o puede que se les expulse deshonrosamente de la congregación aprovechando un servicio de culto donde esté presente la mayoría de los hermanos.

Si el grupo de “rebeldes” es numeroso, se les acusa de intentar dividir la Iglesia, y son denunciados ante la Oficina de Asuntos Religiosos de una dependencia gubernamental, para que las autoridades políticas, que siempre son suspicaces ante cualquier manifestación de rebeldía, los mantengan bajo vigilancia y les nieguen el derecho a constituirse en Iglesia debidamente reconocida ante el Estado. El único estadío que pueden alcanzar es el de Casa-Culto cuya membresía no puede sobrepasar a una veintena de participantes.

Nos han enseñado que no hay otra forma de servir a Dios sino es a partir de un ministerio creado con la autorización de la Iglesia y controlado por ella. Nadie quiere ser portero, todos queremos ser generales. Si no somos maestros de células o líderes de la Iglesia, misioneros o evangelistas, pensamos que no trabajamos verdaderamente en la obra del Señor. No es fácil que entendamos que servimos también a Dios en la escuela donde damos clases a niños y jóvenes ya abocados a la perdición; en la oficina; en la fábrica donde nos relacionamos con cientos de trabajadores impíos, porque lo importante no es consagrarnos a un ministerio, sino consagrarnos a hacer la voluntad de Dios mostrándonos como piedras de testimonio

Los cubanos somos una nacionalidad con gran tendencia a concebir cualquier sistema organizativo sobre la base de “muchos caciques, pocos indios”, lo que equivale a decir que en cada nivel organizativo, de los cientos que se conciben, deben haber muchos jefes y pocos subordinados. Por eso se multiplican las estructuras de la Iglesia y creamos decenas de ministerios, para que cada cristiano ambicioso encuentre su lugar de jefatura en el sistema. Tenemos ministerios de todas las pintas y para todos los gustos: ministerio de pelota, de títeres, de teatro, de música rap “cristiana”, ministerio de payasos, etc. No obstante, esta concepción caería por su peso si no se multiplicara el número de convertidos en proporción al número de jefes que se van designando cada cierto tiempo. La tendencia es a extender el “reino de Dios” sobre la Tierra en términos cuantitativos, y la exigencia a cada miembro de la Iglesia de captar el mayor número de convertidos que pueda. Los sueños y planes de los líderes son tan baratos que requieren de mucho dinero para convertirlos en realidad, y el dinero se obtiene de los diezmos y ofrendas de esos miles que deben ser traídos a los bancos de las Iglesias.

 […]

Muchas personas están corrompidas con las enseñanzas que complacen a la carne. Todo esto está basado en obtener bendiciones en esta vida y en encontrar respuestas rudimentarias en el mundo, pero ignorando a Cristo. No encontramos nuestro cumplimiento en las bendiciones y una experiencia placentera aquí en la Tierra. Nuestra plenitud esta en Él. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3: 6-7). Pasar tiempo en la presencia del Señor con la meta de que su imagen sea formada en nosotros es más que pasar tiempo en oración o en un tremendo servicio de Iglesia. Hemos tomado mucho tiempo en servicios para experimentar la presencia de Dios, solo para salir de allí en la misma condición espiritual con la que entramos.

¿Cuándo comprenderemos que el propósito fundamental de la iglesia como cuerpo de Cristo es dar expresión al mundo de ese Cristo que mora en nosotros? La iglesia tiene un llamamiento alto, hecho por Dios. No es hablar acerca de Él, no es convencer a la gente de la existencia de Cristo, no es extender la religión cristiana por todo el mundo; nuestro llamamiento es ser piedras vivas de testimonio de Jesucristo en nosotros mismos, en nuestra vida cotidiana, nuestro enseñar, nuestro andar diario. La iglesia tiene que revelar un misterio grande, que es Cristo en nosotros. La iglesia no es un concepto, ni una religión, ni una organización o un edificio, la iglesia es Su cuerpo, vehículo creado por Él para Su identificación en la Tierra, mientras Él identifica a Su verdadero cuerpo en los lugares celestiales. Él es la Cabeza; un cuerpo sin Su Cabeza es un cuerpo muerto, ciego, sordo, un cuerpo sin identificación, putrefacto, que debe ser enterrado para que no corrompa el aire con su pestilencia. Todo lo que hagamos y digamos va a ser juzgado por Cristo a la luz de ese llamamiento y de ese misterio.

La razón por la cual muchas iglesias están en problemas es porque el tema que han escogido como el centro de su mensaje no es fundamental. Eso significa que ellos han construido sobre algo que no es seguro ni duradero. Otro énfasis: avivamiento, evangelismo, discipulado, fe, o cualquier otro tema que no es Cristo, está desplazando a Cristo como Señor. Otros predican temas menores que nunca llegan a liberar a la gente. Nuestra única prioridad debe ser presentar a Jesucristo y a éste crucificado.

¿Quiere esto decir que no hay algo que podamos hacer? Sí, hay algo que no sólo podemos hacer, sino que debemos hacer. Aquí, como en todo el camino desde la vida terrenal hasta la vida eterna, debemos disponernos al entendimiento y la humillación, debemos tener fe sencilla y debemos permitirle a Cristo que viva en nosotros.

[…]

 A fin de cuentas, ¿qué espera el mundo de todos nosotros, los que nos llamamos cristianos? Primero, que nos manifestemos como Hijos de Dios, con la mente y el carácter de Cristo. Segundo, que los despertemos con el testimonio de la Vida que nos ha sido dada. Las personas deben abrir los ojos sobre el mundo y sus injusticias, sobre la pérdida de valores, porque viven endrogadas por los sistemas filosóficos, políticos y religiosos, por los medios de comunicación, la propaganda y el afán por el dinero y las posesiones materiales.

Nadie nos puede torcer el brazo ni comprarnos. Podemos resistir presiones, chantajes, represalias, porque no estamos sometidos a ningún poder humano. No tenemos esa clase de poder que el mundo siempre ha reconocido, tenemos más: tenemos poder espiritual. Hablamos desde lo alto de una montaña. Nuestra libertad de palabra es incomparable.

No se trata, claro está, de lanzar nuevas quimeras engañando una vez más la triste esperanza de los hombres. Se trata de recordar con una Vida alta y clara en nosotros, los fines de la Gracia dondequiera que los mecanismos religiosos han devorado los valores del Reino, dondequiera que los medios humanos han engullido los fines de Dios, dondequiera que se ha dicho: sucumban los principios de Cristo antes que la administración y la seguridad financiera de los líderes creados y aceptados por los hombres en la historia de la religión cristiana.

Se espera de nosotros paz, amor y perdón, pero también valor. No tengamos temor a dar un poco de miedo. Los primeros trastornaron al mundo y al sistema farisaico de entonces, a nosotros nos toca perturbar la dominación, estorbar el desprecio, subvertir lo carnal dentro del pueblo de Dios. No es tarea fácil, es una encomienda pesada y comprometida. Si miramos a los dos milenios de tiempo transcurridos en la historia del cristianismo y vemos a Cristo expulsando a los mercaderes del templo, a los apóstoles apedreados y perseguidos por decirle la verdad a los fariseos, a los grandes siervos de Dios infamados y calumniados por no aceptar el sistema religioso, podemos decir: Después de todo, ¿alguna vez ha sido fácil?

3 comentarios »


avatar Pedro Dijo:

Que buen diagnóstico de lo que sucede en Cuba. Pero no sólo en la Cuba satanizada, marginalizada, bloqueada y explotada. Lo mismo acontece en toda américa. Las diferencias parecen ser sólo algunos exageros en algunas áreas, por ejemplo puede ser que en Cuba y algunos de nuestros paises de latinoamérica la gente se esté muriendo de hambre literalmente. Más en Europa o los EU la gente se muere de obesidad. La misma suerte, en escenarios diferentes, mas por el mismo motivo. El mismo componente material de nuestras vidas.

Que bueno este trabajo, de analisis profundo de nuestra realidad. Muchas veces hemos pensado que Cuba y su sistema de gobierno podrían estar inmunes a los vicios de occidente, pero parece ser que donde el hombre pone su pie, las mismas constantes lo persiguen, la misma historia , el mismo destino.

Cómo puede el Señor y el anuncio de su gobierno (reino) mudar eso? Tal vez esa es la construcción a la que estamos convocados los cristianos de hoy.

Felicitaciones Fátima!

avatar Carlos Arturo Martìnez Dijo:

Busquè leer algo sobre la obra cristiana en Cuba pensando que serìan tantas las dificultades que enfrenta la iglesia, que no podrìan suceder cosas que en mi paìs tambièn ocurren. Y me conmueve leer que los embaucadores, falsos profetas y maestros, caminan por todo el mundo, sin tomar en cuenta las necesidades y sufrimiento humanos, solamente tienen en su perspectiva cristiana el hechode vivir bien a expensas del evangelio.
Paciencia y a seguir batallando contra estos estafadores de la fe, mediante ensayos tan puntuales como este. Felicitaciones y que el Señor les bendiga.
P.D. Con tu permiso Fatima, compartirè con mi iglesia esta epìstola.

avatar Vanessa Dijo:

Desde que fui a La Habana y conoci lo que enfrentan los cristianos alla los inclui en mis peticiones diarias son un ejemplo de valor y perseverancia,te escribo este comentario porque siempre es bueno saber que hay alguien orando por ti. DTB

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