Del literalismo a la misión

Por Mario A. Hernández Alvarado, México

Fragmento de un ensayo presentado a concurso.

El desafío de los cristianos en América latina no consiste en el problema de lo diverso de cada confesión de fe, del pensamiento y la práctica; no son las nuevas liturgias del culto lo más preocupante, sino que nos volvemos a quedar paralizados creyendo que hacemos mucho, mientras que la creación gime porque nuestra voz, aunque canta muy fuerte, no salva.

Ante el síntoma de la falta de discernimiento, es preciso volver a los principios bíblicos que nos recuerdan el motivo y el funcionamiento de una Misión Integral de la Iglesia, modelo de Dios, reflejo de Cristo. Donde los dones y la oración son parte de la Tarea, usados correctamente fortalecen y estrechan nuestros vínculos en la adoración a Dios y la edificación del Cuerpo de Cristo. Pero usados sin reflexión teológica, se convierten en nuestra razón de ser, y más bajo el contexto confuso al que nos enfrentamos.

Mientras que el cronos corre, el kairós camina, desespera la espera, se postergan los tiempos de un real avivamiento de Dios que le haga justicia a su reino. Contrario a la esperanza de muchos, las experiencias religiosas nuevas no dejan de proliferar en el corazón mismo de nuestra sociedad.

Nuevos pastores y apóstoles se levantan, hay otra tendencia, otro despertar, pero siempre solo uno más. Se beatifican nuevas tendencias religiosas, realidades no exploradas, no documentadas, más bien, asimiladas, con el apelativo de experiencias cristianas. Nuevas religiosidades que rompen en mucho con los moldes clásicos, a veces como respuesta al cansancio provocado por la racionalidad moderna, a veces producto del desencanto y vacío que dejó el pensar por décadas, sólo en algunas áreas olvidándonos que el prójimo también tiene hambre y sed de justicia.

Esta no es una crítica estéril o un sinsentido, es revisión, y como tal duele. Es introspección que desnuda no tanto las malas intensiones, sino la falta de discernimiento, el descuido de leer los tiempos. No todo es malo, ni se pone en sospecha, hay cosas buenas, rescatables que surgieron en las religiosidades contemporáneas. Recuperamos la celebración a Dios, rescatamos cada vez más la devoción de los cultos. Experiencias del tipo místico fuera del ámbito tradicional se suman al devenir del cristianismo. No somos agnósticos, somos creyentes, tocamos con la fe lo intangible.

Comenzamos a sonreír, disfrutamos la comunión y la apertura de las puertas de otras confesiones. Rompemos las fronteras y muros denominacionales para acercarnos unos a otros y enriquecernos mutuamente. Nos damos cuenta que nuestros problemas locales de cada denominación se parecen a los de muchos otros.

Nuevos movimientos con mucho de sueño humano, cargados de una carga utopía muy fuerte. El sueño y la imaginación cobran fuerza en lo que para el mundo es irreal y para nosotros poético, también confesional, pero objetivo y trascendente. ¡Cuanto anima al que lleva la preciosa simiente soñar impulsado por la genética de Dios! Caminar hacia un mundo sin bordes fronterizos, genéricos ni idiomáticos, al predicador itinerante le anima y le da esperanza. A la mujer que vive bajo tutela del varón en casa, y del pastor (varón también) en la Iglesia, le asegura una mayor dignidad.

Es fácil acomodarse al sueño y desestimar los peligros latentes en el hacer, sin antes pensar qué hacer y por qué hacer. Las iglesias de hoy que se han cerrado al mundo sin comprender que estamos en él y somos corresponsables de lo que pasa con cada vecino que habitante de nuestro planeta, se limitan solo a luchar contra las potestades y principados, olvidándose del conflicto real y encarnado en el ser humano. Insistir en regresar al sueño profético que rescata el sentido de la fe cristiana y que asume actitudes reales más cercanas a la vida y predicación de Jesús es un desafío que precisa verdadera humildad espiritual para declarar desde el Espíritu la necesidad de reencontrarse con el creador que nos convocó.

Bien nos ayudaría revisar el trabajo de la iglesia actual, y reconfigurarlo a la luz del ministerio de Cristo, quien ante un mundo conmocionado en su época por la presencia de militares en los parques, sinagogas y en el templo, tuvo una misión muy específica, que no se traducía en el derrocamiento de la dinastía herodiana o en aplastar la figura del emperador romano. Los líderes de la religiosidad israelita, lectores paralelos y testigos del tiempo de Jesús, garantes del mensaje de justicia de Dios, habían fallado cuando en lugar de unirse solidariamente con las víctimas del poder, se alían con los gobiernos opresores para no perder privilegios. Desde este mundo conmocionado con el que Jesús se encontró, declara lo que la Iglesia no puede olvida: “he venido a salvar lo que se había perdido”.

El paradigma del cual hablan los evangelios en torno a Jesús, es uno que no se enfoca en una guerra espiritual sin cuartel contra los demonios, sino que da el pan al hambriento, usa sus dones para sanar al enfermo, asiste al campo del problema de los discriminados de la sociedad israelita, hurga entre la religiosidad israelita y la casta sacerdotal, y después de andar por las sinagogas, el templo y el desierto, declara a Israel como ovejas que no tienen pastor. Un Jesús que cuando ora, no lo hace para satisfacer el ansia de más de poder, sino para buscar la presencia de Dios a través en el acercamiento de una oración vinculante con el Padre. Predicando el evangelio desde las marginadas calles de Galilea hasta los lujosos empedrados de la ciudad santa, anunciando el Reino de Dios, entrando al conflicto humano y dando su vida por nosotros con el motor del amor a cuestas. Corriendo hacia adentro cuando los demás corren hacia fuera intentando salvarse a sí mismos en la huida que en nada ayuda al pobre, ni al huérfano ni a la viuda.

El panorama de nuestra América, desorientada, presa desde la conquista hasta hoy por más revoluciones que hayan existido en el continente y declaraciones de independencia, nos dice que la huella de la batalla sigue ahí, en la dignidad robada por aquellos que con bandera pastoral terminan ahora bebiendo su riqueza, su petróleo y sus metales. Aunque es una cruenta realidad, el evangelio nunca se detuvo. Ni por los ataques con dardos heréticos, ni por las espadas opresoras de quienes dominan a los pueblos. La historia aunque más cruel y más masiva, es la misma que narra el apocalipsis de aquella Babilonia del Apocalipsis y que no precisa de un lugar geográfico específico para ser tal, como lo muestra el mismo escrito que da por sentado que la Roma Imperial es la Babilonia Antigua de su tiempo, siendo que como tal, Babilonia ya no existía.

El mensaje del evangelio no es anunciado en un vacío histórico y cultural. Siempre que evangelizamos a este mundo, este mundo atraviesa condiciones de vida propias con rasgos bien definidos. Muchos de estos rasgos propios de cada época y pueblo, son altamente dolorosos, que llegan a calar en el alma transformando el pensamiento filosófico, humanístico y teológico. Ante el desfile de las nuevas liturgias y experiencias religiosas, precisamos la necesidad de mantener vivo el sentido crítico para no hacer confuso y oculto el mensaje que salva. Nuestra América necesita palabras de esperanza, no palabras halagüeñas que por un tiempo confortan pero poco ayudan.

Necesitamos pastores comprometidos con la vida social de la Iglesia, la Iglesia tiene nombre, es de Dios y como tal tiene personalidad social y representa la fe.

Los profetas de Israel nos miran como testigos mudos y nos preguntan: de todos ustedes que hablan y cantan bien, ¿Quiénes son los atalayas que subirán a la torre para prevenir del enemigo que viene?

Al estilo de Pablo, si la flauta no distingue su sonido, ¿Cómo podremos saber que es una flauta la que vibra? ¿Cómo escucharemos si es trompeta para la guerra? ¿Cómo entenderá el mundo que tenemos una misión y una tarea, si el lenguaje cristiano de hoy sonara más a un Babel que a un Pentecostés donde nadie entiende lo que pasa? Discernir las experiencias culticas al interior de cada confesión de fe, es de por sí una tarea necesaria.

Pero también y tal vez mucho más importante, orientar nuestras interpretaciones de la historia bíblica y de nuestra propia historia hacia el modelo de Dios plasmado en las páginas de la Biblia. Los mensajes cargados de estas mezclas religiosas confusas, cobran fuerza cuando el mensaje fiel de la iglesia no llega a los creyentes a tiempo, o lo hace de forma no muy clara y convincente. Hoy es el tiempo, hagamos con Dios el Kairós de Dios, es el tiempo oportuno para sopesar cada uno de los ejes que sostienen el gran edificio.

Es tiempo de definir objetivamente la traducción del tiempo de la misión que se actualiza en el hoy y que va de paso esperando la siguiente oleada de dicha o de dolor que seguirá cambiando nuestros pensamientos y replanteando el Mensaje de aquel que es Alfa y Omega por los siglos.

3 comentarios »


avatar Roger Luna Dijo:

Muy interesante, espero que en el artículo completo aparezcan más sugerencias para traducir el tiempo de Dios.
En hora buena.

avatar trejo Dijo:

wau una gran verdad esto lo tomo para mi ya que no he echo lo que devo de hacer que es llevar el mensaje de cristo alas almas perdidas se que es el tiempo de que la iglesia se levante con las armas que el senor nos adejado : la misericordia el amor . y la reconcilacion

avatar anyulled Dijo:

Excelente escrito.

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