Por Lucas Luciano Magnin, Córdoba, Argentina
Fragmento de un ensayo presentado a concurso.
El problema de la diversidad no surge de lo ambiguo de la verdad sino de sus interpretaciones. Jesús mismo discutió mucho con los fariseos, y en ningún momento cuestionó la Ley en la que ambas partes se inspiraban. Aquello que Cristo repensó fue la interpretación, no la ley misma.
El cometido de pensar la multiplicidad es ayudar a la convivencia, el enriquecimiento y la salud del Reino. Pero si esa opción es una excusa para la comodidad, entonces la multiplicidad tampoco dará resultado. La Iglesia se verá igualmente desmembrada por unos discípulos orgullosos y separatistas.
Sólo habrá edificación con esfuerzo y sinceridad, y ahí podremos descubrir que la pluralidad no es una autopista en la que podemos andar por carriles diferentes. No es la vía ancha que propone el mundo, basada en el egoísmo, el aislamiento, la intolerancia bien maquillada y el amíquémeimportismo. No es la falsa unidad, nacida de la comodidad, el amor al poder o la alienación. Es, por el contrario, ese camino angosto que acompaña al discipulado; es la senda de Jesús, por la huella del amor.
Reflexionando un poco en los desafíos y peligros de lo múltiple, se me ocurrieron algunas ideas. No son una enumeración exhaustiva, ni muy brillante, pero tal vez sean unos faros útiles en la ruta incierta que se abre adelante:
1. Subordinar formatos y tradiciones a la única tradición inquebrantable: las Escrituras. Vencer la tentación de enseñar como doctrina aquello es un precepto de hombres; no olvidemos que justamente ese fue uno de los principales reproches de Jesús a los fariseos. Es difícil, pero absolutamente necesario, el aprender a dividir mejor donde empiezan y terminan ambos terrenos. Aprender del ejemplo de Pablo, y «no pensar más de lo que está escrito» (1 Cor. 4:6). Tenemos la tendencia a poner la verdad bajo nuestros barrotes; pero el mundo no necesita nuestras estructuras que contienen a Jesús. Sólo necesita a Jesús. Las tradiciones pueden útiles, pero no vienen de Dios y por ende son finitas y cuestionables.
2. Paciencia hacia el hermano. Los procesos espirituales de las personas son siempre diferentes, y toda fórmula o exigencia empequeñece la multiforme manifestación de los creyentes. Los tratos del Espíritu se caracterizan por su originalidad y noción de proceso.
3. Tolerancia hacia el Cuerpo. Solemos exigirle a la Iglesia aquello que nos perdonamos fácilmente. La tildamos de hipócrita, conformista, indiferente y llena de imperfecciones. Pero yo no me animaría a arrojar la primera piedra, porque no estoy libre de pecado. Debemos trabajar por la pureza y la salud de la Iglesia, pero no abortarla cuando la forma, el tiempo o la profundidad del cambio no sea el esperado. Dios gobierna la Iglesia; Dios se encarga de sustentarla.
4. Evitar los clanes, las elites, las desuniones que resquebrajan al Cuerpo quitándole diversidad y espíritu. Respetar la multiplicidad y verla como una ganancia para todos aquellos que se esfuerzan en vivirla sanamente.
5. No crear una dicotomía entre la verdad bíblica y el amor cristiano. No se debe ir en detrimento de la verdad a fin de vivir una mayor comunión; de igual manera, no se debe menoscabar el amor cristiano para mantener la Palabra revelada. Cualquiera de los dos intentos anularía al cristianismo. Como sostiene Grau , esa dicotomía entre amor y verdad, no existe en la Biblia. Ambas son cualidades de Dios (Jn. 14:6 y 1 Jn. 4:8), y Él no se puede contradecir. «Si careces de amor no puedes decir la verdad».
6. Seguir el ejemplo de Jesús en lo referente a la humildad: «yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lc. 23:27b). Aprender el exigente significado de la sujeción en amor (Ef. 5:21). Estimar al hermano en la fe (sea quien sea) como superior a nosotros mismos, «no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros» (Fil. 2:3b,4). El valor del Reino excede al de cualquier ciudadano.
7. Entender que, más allá de nuestra preocupación por la vida espiritual del hermano, cada uno deberá rendir cuentas. Nadie es nieto de Dios ni puede ser amigo del amigo de Dios. «A cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede responder a la vida respondiendo por su propia vida» . Ni siquiera Jesús quiso exceder el libre albedrío de otro y tuvo que dejar marchar al joven rico, a quien amaba (Mr. 10:17-24). Aunque parezca que la uniformidad es un tipo de protección, no quita a nadie la responsabilidad de responder por su vida. Cuando preguntaron al Señor «¿son pocos los que se salvan?», su respuesta no fue ni metafísica ni universalista; hizo hincapié en la cualidad individual de la salvación: «Esforzaos a entrar por la puerta angosta» (Lc. 13:23,24).
8. Si damos valor a la responsabilidad individual, también debemos dar lugar a la justicia de Dios. En la parábola del trigo y la cizaña, Cristo dijo: «Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero» (Mt. 13:30). Hasta el fin de los tiempos, trigo y cizaña crecen juntos, y no es fácil ver lo que esconden. Pero Dios no dejará de recompensar la fe, ni de castigar la apatía.
9. «No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto» (Lc. 6:43,44b). Al Señor le gustaba esa metáfora, y la usó más de una vez. Pablo la retoma en Gálatas, afirmando que el Espíritu Santo produce en el creyente «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (5:22,23). Allí donde falta el Espíritu, falta también su fruto. Ni la uniformidad aparente ni la multiplicidad conformista son sinónimos de pureza espiritual; es en los frutos donde reconocemos la obra de Dios.
10. Como no todos los creyentes viven con la madurez suficiente, la autoridad eclesiástica a menudo debe poner a un lado la función de edificación y dedicarse, mientras tanto, a evitar catástrofes y contener el caos. Algo similar sucede en los gobiernos de los países más inestables. Toma un tiempo hasta asimilar que la ley no es un castigo, sino una expresión del amor. Pablo escribió: «Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aún Cristo se agradó a sí mismo» (Ro. 15:1-3b). Instar y apoyar el crecimiento del hermano, pero tolerando sus debilidades, sabiendo que también él está luchando (desde su experiencia y personalidad) contra su ego y su pecado.
La fe cristiana es la fe del sacrificio, la que ofrece todo pero a cambio pide todo. Ni Cristo en la cruz, ni los mártires, ni los creyentes maduros ofrecen ejemplos cómodos de lo que implica llevar la fe hasta las últimas consecuencias.
Si esa fe vale todo lo que cuesta, entonces justifica una búsqueda permanente, un interminable no-cansarse-de-buscar sus mejores expresiones. Y eso por varios motivos: agradar a Dios en todo, que el mundo tenga razones suficientes para creer, y realizar cada vida según el propósito original. De hecho, si aceptamos que Jesús vino «para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Jn. 10:10b), tenemos que creer que su Revelación completará al ser humano en un sentido integral. No deberían existir esferas de la vida que no sean alcanzadas por la vida plena, que no sean plenamente reconciliadas: ni las eternas dicotomías que afligen el pensamiento, ni aquellas esferas que parecen vergonzosas o son tabúes.
Cuando Dios pensó en nuestra redención, pensó en un hombre pleno en las distintas esferas de su vida. No es suficiente con algunas áreas y prácticas: espera un señorío completo. Pero la labor de Cristo no termina en el individuo: también se manifiesta dentro de una comunidad de hombres plenos, en la que cada persona es miembro de un Cuerpo, de un edificio, de un vitreaux en el que las diferencias proyectan la redención desde los muchos rostros de los redimidos.








