Por Nelly Perez, Córdoba, Argentina
Fragmento de un ensayo presentado a concurso.
“La iglesia latinoamericana requiere tomar urgentemente conciencia, compromiso y dedicación hacia la niñez, es decir, una verdadera conversión hacia ellos. Una lectura del entorno, y una relectura de la Palabra de Dios, nos mostrará que el Dios Padre de huérfanos y aquel Jesús que se indigna al ver que se les impide a los niños venir a él, exigen cambiar la visión del trabajo hacia la niñez, cambiar el orden de las prioridades y poner a la niñez en primer lugar y comprometernos seriamente con la prevención, la atención, la protección, y la formación que permita desarrollar todo el potencial que Dios ha puesto en ellos. El crecimiento de la Iglesia en este siglo dependerá en gran medida, de la oferta específica y personal que la Iglesia le dé a la niñez hoy.”
Estas palabras figuran en la Declaración final de la Consulta sobre la Niñez que se formuló en el Congreso Latinoamericano de Evangelización llevado a cabo en Quito en septiembre del año 2000.
La agenda de las iglesias, en su gran mayoría, está nutrida de actividades, proyectos y reuniones para adultos, de adultos y desarrollados por adultos. Sin desmerecer esta loable misión a este sector de la sociedad, muchas veces ignoramos o, mejor dicho, desvalorizamos la responsabilidad que tenemos hacia la infancia. Muchas veces atendemos a los niños pensando en que son ellos quienes van a acercar a sus padres al evangelio. Pero surgen varias preguntas:
¿Pensamos, acaso, que las buenas nuevas no son para los niños?
¿Consideramos que ellos no están en condiciones espirituales y/o mentales de comprender el mensaje del amor divino?
¿No vemos la urgencia de alcanzarlos, dando por sentado que tendrán infinidad de oportunidades en el futuro?
Supongo que, conscientemente, no somos capaces de dar una respuesta a estos interrogantes pero, mientras tanto, continuamos ignorando la importancia que Jesús dio a los niños, tanto con su ejemplo como explícitamente con el imperativo ¨Dejen que los niños vengan a mí, porque el reino de los cielos les pertenece¨. De esta manera, permitimos que sucesivas generaciones crezcan sin conocer que hay un Padre que les ama apasionadamente, y viven sin esperanza una existencia que muchas veces les resulta muy dura y cruel.
Sería bueno recordar al respecto a dos grandes hombres de la historia de la iglesia.
Carlos H. Spurgeon, el inglés denominado ¨príncipe de los predicadores¨, cuando apenas tenía cuatro años se sentaba en el escritorio de su abuelo y leía profundos libros de teología bíblica. Su abuelo amaba al Señor Jesús y cuidaba a su nieto, quien absorbía toda la sabiduría del anciano. Carlos recibió a Jesús como Salvador cuando tenía catorce años; a los dieciséis ya predicaba el evangelio. ¡Era un adolescente! En realidad, casi un niño todavía. A los diecinueve años pastoreaba una iglesia en Londres y, a los veintidós, su congregación llegaba a 5.000 personas cada domingo. Todo comenzó en su niñez.
Dwight L. Moody, el más grande evangelista norteamericano del siglo XIX, dijo: “Ganar a un adulto para Cristo es ganar tan sólo media vida; ganar a un niño es salvar una vida entera”. Moody demostró que él creía en ese axioma pues semana tras semana, poco después de haber recibido a Cristo como Salvador, atraía a 3.000 niños de un barrio pobre de Chicago para enseñarles acerca del Buen Pastor. Moody amaba a la niñez y buscó ganar a los niños para Jesús. Creo que por eso Moody también amó a los adultos y supo evangelizarlos.
Cómo son los niños en la sociedad actual.
No podemos pensar en cómo son los niños sin pensar cómo son nuestras sociedades. Y, con profundo dolor, debemos reconocer que las características del tiempo que nos toca vivir son potencialmente generadoras de violencia. El individualismo, la velocidad de los cambios, el consumismo, el humanismo que deja afuera a Dios y sus absolutos, no provee una base segura y firme para conducir la vida. Todos estos factores y muchos otros agreden a nuestros chicos de manera constante y han contribuido a crear una generación insegura, rebelde, egocéntrica y, a la vez, asustada.
Desde temprana edad encontramos, entre otras cosas, desnutrición, explotación, abusos, prostitución, drogadicción, trastornos en la alimentación, suicidios, alcoholismo, problemas psiquiátricos, violencia, desvalorización de la vida.
Ante esta realidad, ¿qué está haciendo la sociedad por los niños?
Mientras tanto, ¿qué está haciendo la iglesia por los niños de hoy? ¿De qué manera está atendiendo sus problemáticas?
¿Qué nos dice la Biblia en cuanto a la formación espiritual de los niños?
El presente y el futuro de América Latina dependen, en gran medida, de la respuesta que demos al desafío que su niñez nos presenta.
Al respecto quiero basarme en mi experiencia personal…









